A través de la publicación de su nuevo libro de memorias sobre el trauma de la migración y las familias divididas, la intelectual cubano-estadounidense analizó el presente de su país y las tensiones con Washington.
La compleja realidad política y humanitaria que atraviesa Cuba sumó una voz de peso desde el ámbito académico internacional. En una profunda charla en La Habana, la reconocida historiadora cubano-estadounidense Ada Ferrer, especialista en las históricas y conflictivas relaciones bilaterales entre ambas naciones, se sinceró sobre la dramática situación que vive la isla. Ferrer fue categórica al afirmar que, debido a su profundo conocimiento de las intervenciones de Estados Unidos en América Latina, no desea bajo ninguna circunstancia una acción militar norteamericana, pero advirtió que al mismo tiempo es imperativo un cambio drástico porque el país se encuentra completamente destruido y la población no puede seguir viviendo bajo las condiciones actuales.
Esta toma de postura coincide con el lanzamiento global de su más reciente libro, titulado ‘Keeper of my kin: Memoir of an immigrant daughter’ (Guardiana de mi estirpe: Memoria de una hija inmigrante). La obra, escrita originalmente en inglés, rescata la historia mayor a través de biografías familiares ordinarias que sufrieron el impacto directo de los cambios decretados desde las cúpulas del poder. La propia autora relata cómo su madre la sacó de Cuba con apenas diez meses de vida, poco después del triunfo de la revolución de Fidel Castro, dejando atrás a su hermanastro en la isla, una dolorosa experiencia de fractura geográfica y separación familiar que comparte la gran mayoría de la población cubana hasta el día de hoy.
Ferrer confesó sentirse atraída por las contradicciones históricas que rompen con los estereotipos ideológicos tradicionales de Miami y de La Habana. Recordó que sus padres pertenecían a una clase obrera humilde que, paradójicamente, rechazaba de plano la revolución socialista, mientras que ella misma asume una identidad incómoda para los sectores más radicales, ya que no representa al exilio tradicional al mantener vínculos activos con su tierra natal, rechazando tanto el comunismo como la mirada absolutista que dictamina que todo lo que ocurre dentro de Cuba es destructivo.
Al evaluar los escenarios futuros para la región, la intelectual manifestó su preocupación ante el riesgo latente de que estallen episodios de violencia interna, recordando las purgas políticas acontecidas en la historia cubana tras la caída de Gerardo Machado en 1933. En su lugar, abogó por una reconciliación pacífica y negociada orientada a la reconstrucción material del territorio, aunque lamentó que el bienestar de los ciudadanos no sea actualmente una prioridad para ninguna de las partes en disputa. En esa línea, Ferrer criticó con dureza tanto el bloqueo petrolero estadounidense por funcionar como un castigo colectivo, las directivas de ciertos sectores del exilio que piden no enviar remesas ni medicinas, y la postura del Gobierno cubano de exigir resistencia a los habitantes sin explicar los motivos reales, advirtiendo que de continuar esta espiral de deterioro la crisis podría prolongarse de forma indefinida sin tocar fondo.








