En el Día Mundial de la Patata Frita, Bélgica reivindica su plato insignia como patrimonio nacional, respaldado por su propio museo y una disputa histórica con Francia.
En Bélgica, las patatas fritas no son una simple guarnición, sino un pilar de identidad cultural que compite a la par con el chocolate y la cerveza. Con más de 5.000 friteries en todo el país y un Día Nacional propio cada 1 de agosto —diferenciado de la conmemoración global del 20 de agosto—, la gastronomía belga defiende con fervor la autenticidad de sus tradicionales frites.
La devoción popular motivó la creación del Friet Museum en Bruselas y Brujas, un espacio de tres plantas inaugurado en 2025 que aborda desde las raíces del tubérculo en Perú hace 8.000 años hasta las técnicas de corte, salsas y empaquetado.

«Aquí celebramos nuestro propio día el 1 de agosto para mostrar al mundo lo orgullosos que estamos de nuestro producto», destacó Peggy Van Lierde, portavoz del museo, quien rechaza el término anglosajón ‘french fries’. Según la tradición, la denominación errónea nació durante la Segunda Guerra Mundial, cuando soldados estadounidenses consumieron patatas preparadas por belgas francófonos y asumieron que estaban en Francia.
La disputa histórica y el secreto de la doble cocción
Frente a la versión francesa que sitúa el origen del plato en los puestos del río Sena a inicios del siglo XIX, la historiografía belga remonta su creación a Namur hacia 1750, cuando el congelamiento del río Mosa obligaba a los pescadores a cortar y freír patatas con forma de peces pequeños. «Francia inició la tradición de freírlas en aceite, pero fue en Bélgica donde se les dio la forma de bastón que hoy recorre el mundo», matizó Van Lierde.
El método tradicional de preparación exige un estricto proceso técnico:
- Materia prima: Uso prioritario de la variedad Bintje, adaptando el tubérculo según la estación del año.
- Materia grasa: Fritura exclusiva en grasa de vacuno (buey), elemento distintivo de la receta local.
- Doble cocción: Un primer hervor entre 130°C y 135°C para cocinar el interior, seguido de un golpe final entre 170°C y 180°C para alcanzar la textura crujiente exterior, fórmula perfeccionada por instituciones legendarias de Bruselas como Maison Antoine.
Avant Première / EFE










