La orden de la CIA para callar un cable secreto, el colapso del World Trade Center donde murió su jefe y una vida de espionaje que terminó entre la culpa, el alcohol y un indulto de Donald Trump: el crudo testimonio de Mark Rossini a un cuarto de siglo del atentado.
A un cuarto de siglo de los atentados del 11 de setiembre de 2001, el exagente del FBI Mark Rossini convive a diario con una certeza demoledora: el peor ataque en suelo estadounidense pudo haberse evitado si la Agencia Central de Inteligencia (CIA) no hubiera bloqueado información crucial en los meses previos.
«Yo vivo con el horror de saber que, si yo hubiera comunicado la información que tenía, esas dos torres estarían todavía en pie», confesó Rossini en el marco del lanzamiento de la biografía Agente Rossini. La historia del hombre que pudo haber evitado el 11-S, del periodista Álvaro Soto.
Nacido en el Bronx e incorporado al FBI en 1991, Rossini fue asignado en 1996 como oficial de enlace en Alec Station, la unidad secreta montada por la CIA para rastrear a Osama bin Laden. El 5 de enero de 2000 detectó un cable de inteligencia determinante: un sospechoso vinculado a una cumbre yihadista en Kuala Lumpur contaba con visado vigente para ingresar a Estados Unidos. Se trataba de Khalid al-Mihdhar, quien 20 meses después secuestraría el vuelo 77 de American Airlines para estrellarlo contra el Pentágono.
La orden de silencio y la tragedia de su mentor
Al advertir la gravedad de la alerta, Rossini y su equipo prepararon un informe urgente para elevarlo a la cúpula del FBI. Sin embargo, la respuesta jerárquica de la CIA fue terminante: el cable fue retenido y se le ordenó estricto silencio. «No lo vamos a pasar y tú no vas a decir nada», fue la directiva que clausuró el aviso.
«Si esa información hubiera llegado al FBI, se hubiera hecho lo que se hace en esos casos: esperar al sospechoso en el aeropuerto, seguirlo, pincharle el teléfono… Nos hubiéramos enterado de lo que planeaba y lo hubiéramos evitado», subrayó el expolicía federal.
El desenlace encierra una de las ironías más oscuras de la tragedia. El funcionario que debía recibir ese reporte era John O’Neill, entonces máximo responsable de contraterrorismo del FBI y mentor directo de Rossini. O’Neill, frustrado por las constantes trabas entre agencias, abandonó la función pública pocas semanas antes de los ataques y asumió como director de seguridad del complejo de las Torres Gemelas. El 11 de setiembre de 2001, O’Neill falleció en el derrumbe del World Trade Center mientras coordinaba las tareas de evacuación, convirtiéndose en una de las casi 3.000 víctimas fatales.
Intereses geopolíticos y el costo personal
Para Rossini, el secretismo institucional y la histórica desconfianza mutua entre el FBI y la CIA pavimentaron el camino al atentado, aunque también apunta al entramado diplomático: 15 de los 19 secuestradores eran ciudadanos saudíes. «Arabia Saudí es un tema sensible. El precio del petróleo es más importante que la sangre de las personas», remarcó.
Tras revelar públicamente las fallas de inteligencia posteriores al desastre, la vida de Rossini quedó marcada por el ostracismo y sucesivas crisis personales. Atravesó cuadros severos de depresión, perdió su puesto en el FBI tras verse implicado en una filtración confidencial y terminó refugiado en el sector de la investigación privada internacional, donde acumuló controversias corporativas y un posterior indulto presidencial de Donald Trump tras una causa penal en Puerto Rico.
Semanario La Prensa / EFE












