Recibimos y publicamos. LA VERDAD NO SE DIBUJA; Por Rodrigo Blas
La fortaleza de un gobierno, como la de cualquier persona, no radica en no equivocarse. Todos nos equivocamos. La verdadera fortaleza está en hacerse cargo. Admitir errores y decir la verdad es la base de cualquier vínculo de confianza. En una familia, en una empresa, entre amigos y también entre gobernantes y ciudadanos. Porque cuando aparece un problema, muchas veces el daño no lo provoca el error inicial sino lo que viene después: intentar dibujarlo, disimularlo, disfrazarlo o contarlo a medias.
Las explicaciones pueden ser incómodas. Incluso pueden ser vergonzosas. Pero necesitan cerrar. Quien recibe una explicación necesita comprender qué pasó, cómo pasó y por qué pasó. Necesita que no queden agujeros, contradicciones o piezas faltantes. Porque cuando eso ocurre, la confianza puede resentirse, pero queda restaurado algo fundamental: la sensación de que le están diciendo la verdad. A partir de ahí cada uno juzgará. Habrá quienes consideren que hubo una equivocación menor. Otros pensarán que hubo negligencia. Algunos creerán que hubo viveza. Otros que hubo torpeza.
Pero el vínculo básico entre quien explica y quien escucha queda recompuesto. Lo contrario es mucho más grave. Cuando las explicaciones no cierran, cuando faltan documentos, cuando aparecen nuevas versiones, cuando cada día surge un dato distinto o una nueva interrogante, lo que se instala es la duda.
Y la duda tiene una característica particular: nunca se queda donde empezó. Empieza en un episodio concreto y termina afectando todo lo demás. Un Presidente puede equivocarse. Como cualquier ciudadano. La magnitud de ese error determinará luego el juicio político o moral que cada uno haga sobre su conducta. Pero lo que no puede hacer es mentir.
Porque un Presidente, nos guste o no, es la representación más alta de un país. Su credibilidad es un activo institucional. Incluso para quienes no lo votaron. Incluso para quienes discrepan con él todos los días.
La camioneta pasará. Quedará en ANEP, en un taller, en un expediente o donde corresponda.
El Presidente seguirá siendo Presidente. Y por eso el problema ya no es la camioneta.
El problema es que mientras las explicaciones no cierren, mientras existan vacíos en la documentación, dudas sobre la trazabilidad o elementos que aparecen día tras día, la reconstrucción de la confianza quedará inevitablemente renga. Y quizás la salida sea mucho más simple de lo que parece.
Si hubo una equivocación, decirlo. Si hubo una desprolijidad, admitirla. Si hubo una conducta incorrecta, asumir las consecuencias. A veces un simple “me equivoqué”, “hicimos las cosas mal” o “les debo disculpas” vale mucho más que diez conferencias de prensa destinadas a explicar lo inexplicable.
Porque la confianza puede reconstruirse. Los errores pueden corregirse. Incluso las equivocaciones más graves pueden encontrar reparación. Lo que no puede sostenerse indefinidamente es una explicación que no cierra. La verdad no se dibuja.
Se dice. Rodrigo Blas
Senador de la República

Nota de la Redacción: Los conceptos y opiniones vertidos en este artículo son responsabilidad exclusiva de su autor. Su publicación no implica, necesariamente, la adhesión o coincidencia del Semanario La Prensa con los puntos de vista aquí expresados.
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