100 años de José Luis Invernizzi: El arte del “Tola” (segunda parte).- En el marco del ciclo “Historias de Piriápolis” del investigador histórico Prof. Gastón Goicoechea para diario La Prensa, continuamos con el homenaje a José Luis Invernizzi el “Tola” al cumplirse el centenario de su nacimiento. En esta nueva entrega conoceremos la obra del reconocido artista plástico a partir de 1980, etapa marcada a fuego por la transición a la democracia y en consecuencia por la recomposición gradual de su familia después de la liberación de sus hijos, presos por la dictadura militar y la reconstrucción de su hogar en el chalet «El Retiro».
El arte del “Tola” (segunda parte)
La salida del «closet»

Escribe Prof. Gastón Goicoechea.- A partir de 1980, con el comienzo de la transición hacia la democracia, y, principalmente, con la liberación de sus hijos que habían estado presos, y por tanto con la gradual recomposición de su familia y de la vida en el chalet «El Retiro», el «Tola» retomó la plástica de una forma más optimista y abierta. Ese año expuso en la Asociación Cristiana de Jóvenes de Montevideo, iniciando un ciclo de exposiciones más “formales”. En 1981 lo hizo en el local de Cerámica del Carrito, en la parada 5 de Punta del Este, en 1983 expuso en Cinemateca “El pintor y su modelo”, “Monigotes para mis hijos” y varios dibujos y óleos. En el mismo sitio, en 1984, cuelga la serie de carbonillas “Apuntes de viaje”, y en 1985 las de “Hipótesis para un modelo nuclear” (o «Bajo el Signo de la Bomba Atómica»).
Para Alicia Haber, la estética de los años 80 propició el contexto favorable para que el arte del «Tola» fuera reconocido en el escenario local. Tanto que, en 1984, recibió el premio de la Asociación Internacional de Críticos de Arte “AICA de Dibujo”. Según Alicia Haber, esa década el «Tola» fue comparado por los críticos con las tendencias estéticas provenientes del Primer Mundo, tales como el «bad painting» («mala pintura») de Nueva York, en referencia a las corrientes pictóricas que tomaban prestados elementos del arte de la calle (grafiti, plantillas, carteles), como reacción al arte intelectual y convencional, inspirados en culturas marginales, con una figuración libre neoexpresionista, voluntariamente sucia y descuidada, como lo era el «Tola» en su obra.
Según su nieta, la Prof. Gabriela Invernizzi, «Tola tenía una preocupación, luego comenzaba a elegir formas que ayudaran a figurarse el tema, luego buscaba su ubicación precisa para armar la “frase” estética y les daba fuerza con el color. Cuando no alcanzaba, agregaba textos. Si caía un chorrete no había que limpiarlo (era como una norma autoimpuesta), debía usarse y acomodarlo para que quedara bien. Esto sólo se entiende si se entiende el sentido que le daba a sus obras: Tola hacía “literatugrafía” (según decía), sus obras eran para decir cosas, y en ese decir vale todo para que pueda llegar algo de lo que se piensa al veedor, así fueran formas “desprolijas”, chorretes, insultos, conceptos…»
Alicia Haber de alguna manera «apadrinó» su obra, y en 1987 impulsó, junto a Pascual Grippoli, y actuando como curadora, una exposición retrospectiva en el Centro de Exposiciones de la Intendencia Municipal de Montevideo. Ese año le dieron el premio “AICA de Pintura” y dos obras fueron elegidas para componer la exposición “Retrospectivas Nacionales” organizada por AICA en el Cabildo.

Son años en que, al profundo humanismo de su obra, se le suman y combinan la sensualidad, a veces bastante erótica, de su propia personalidad y de sus vivencias, junto con la metafísica y su característica furia expresiva en el tratamiento pictórico.
En 1989, se edita “El Barco” serie de grabados sobre el poema de Neruda. Gabriela Invernizzi recuerda la anécdota de que, con motivo de la visita del Gral. Pinochet a Piriápolis ese año, el «Tola», junto a su amigo Gustavo «Policho» Sosa, «cuelgan frente al Argentino Hotel, una gran pintura con la inscripción: “Fuera Pinochet de Uruguay”, con motivo de la estadía del dictador en dicho hotel. Esos arranques eran habituales cada vez que alguna cosa sucedía a nivel nacional o internacional, que mereciera un graffiti…porque en definitiva, según Tola, eso eran sus pinturas, graffitis callejeros».
El profundo sentido humanista del «Tola», es decir, de amor y esperanza por el género humano, tiene su punto sublime, y quizás el más impactante de su obra, en 1991, cuanto culminó la serie «Las 15 estaciones», o «El Vía Crucis», expuesta en la Galería Latina de Montevideo, posteriormente en el Centro Cultural La Spezia, y en el Colegio Jesús María. La serie representa el sufrimiento y el sacrificio de Cristo en su último día en el camino hacia la cruz.

No siendo cristiano, el «Tola» fue un profundo lector y conocedor de la Biblia, y particularmente admirador de la figura de Jesús en tanto figura política y social. Según Alicia Haber, se trata de una obra «que sintetiza el pensamiento humanista de Tola… serie de pinturas de 1.98 x 1.35 metros que registran en clave metafórica el Via Crucis… Se basa en el pensamiento franciscano, y Tola tuvo a posteriori como interlocutor sensible e inteligente a Jorge Scuro, Licenciado en Teología, […] quien luego recibió como legado esta serie para el destino que éste entendiera apropiado y para las exposiciones y divulgación que deseara. Tola aborda la Pasión para dar un mensaje de profundo sentido humanista, interesado en el destino del Hombre, la lucha contra la injusticia, la solidaridad, la dialéctica vida – muerte, la postura comprometida frente a la maldad, el valor de la continuidad de la especie.
Para muchos, de alguna manera el Vía Crucis también representa la «Pasión» del propio «Tola» en su vida, y en particular en los tiempos de la dictadura. Así lo afirma el propio Jorge Scuro: «Recorriendo el Vía Crucis siento que Tola se identifica con el drama y la tragedia que allí se relatan. Redescubre su propia vida y se siente expresado. No es un espectador externo, es un testigo presencial y sufriente de lo que van narrando sus pinceladas…»
En 1994, “El Vía Crucis» se expuso el Castillo Piria, donde se filmó un audiovisual donde el «Tola» explicó el sentido de su obra, que al año siguiente viajó hasta la Fundación Lolita Rubial de Minas, siendo merecidamente reconocido su autor con el premio Morosoli al Grabado. En 1996 otra retrospectiva se instaló en el Museo Blanes de Montevideo, organizada por Gabriel Peluffo, mismo año en que se editó la serie de grabados “Hablando de Pintura” y «Tola» presentó la serie «Tango».
En 1997, el «Tola» cedió el «Vía Crucis» a Jorge Scuro, entonces director del Colegio Jesús María, responsable desde entonces de su conservación y difusión. Scuro, quien dice que es una obra cristiana sin anestesia, impactante, se ha encargado de buscar salas para la obra. En 1998 los óleos colgaron en el Centro Cultural Florencio Sánchez, y en 1999 en la Spezia y en la Catedral de Maldonado. Según Gabriela Invernizzi, «si no están viajando, están en el colegio, aunque fueron descolgados de la sala de conferencias, porque los asistentes se distraían».
El «Tola» profesor
En 1991 ingresa al cuerpo docente de la Escuela Nacional de Bellas Artes, ganando por concurso la cátedra de Taller Fundamental de Orientación Estética. De características muy particulares, el «Tola» impartía sus clases con gran libertad, argumentando que “el arte no se enseña, se aprende”.
Gabriela Invernizzi recuerda que su abuelo «concursó y comenzó como grado 3, recibiendo a 168 estudiantes en su primer año (por lo cual debieron incorporar a un ayudante). Posteriormente concursó para lograr el grado 5, y en su tesis expuso que “No es fundamental un apoyo teórico del arte para una producción artística. Pero entiendo como saludable iluminar la aventura compartida con el salvaje que pintaba su cuerpo de color (…) con los que intentaron y consiguieron cosas, y con los que lo intentaron y no lo consiguieron. Es decir, el sentido de tradición como aventura compartida y no terminada (…) Entiendo la docencia en el arte material, tan incierto e intangible, como la posibilidad de vivir angustias e incertidumbres a la par del alumno (…)-el taller- es un sitio donde investigar su discurso y su lenguaje”. Aunque esa práctica no era solamente parte de su docencia en la escuela, sino del diario vivir. (Juceca dijo una vez que Tola era un “maestro sin querer queriendo”)»
En el marco de su docencia en Bellas Artes, el «Tola» participó con su arte en varios proyectos universitarios de intervención, como en el Barrio Reus al Norte, la Editorial de la Imagen, San Gregorio de Polanco, y la Terminal Goes, una exposición en Tristán Narvaja contra la explotación infantil, y afiches gremiales. Incluso colgaron en la Universidad de la República uno de sus grabados de la carpeta “Esta Empecinada Flor” en enormes dimensiones, permaneciendo varios años.
Alicia Haber recoge el testimonio del pintor Carlos Musso, recordando al «Tola» en Bellas Artes como docente: «fue para los jóvenes el gran abuelo pícaro con el que todos soñaban, fumaba a pesar de los problemas de salud, tomaba haciendo bromas con la bolsita de té que agrega a la taza de alcohol, creaba refranes y cuentos de literatos que inventaba, vivía haciendo chistes muy graciosos, y era el recreo de la disciplinada enseñanza. Dejaba flores en los pupitres de las alumnas y alumnas, y había transformado su taller en un lugar mágico».
Esos años, siendo un setentón, el «Tola» disfrutó, e hizo disfrutar, de las inolvidables peñas juveniles y estudiantiles del bar «El Periplo», cerca de Bellas Artes, transformándose en el centro de muchas veladas entre cigarros, alcohol y charlas.
Los últimos años

En 1998, el «Tola» junto a varios de sus estudiantes y con su hijo Mario, participaron del movimiento de murales en Pan de Azúcar; desde la elección de los muros, la preparación y la realización de obras. El mural del «Tola» puede apreciarse en la pared lateral del bar del “Pato” Freire, hecho con la colaboración de numerosos niños.
Aún consciente de que estaba en el final de su vida, nunca perdió su optimismo, ni su capacidad seductora. Según Alicia Haber, «desde la mirada masculina y machista, debe haber sido además proyección de deseo. Desde la femenina todos los factores hacían de él un ser deslumbrante: su capacidad de sortear peligros, su permanente seducción y encanto, sumado a que era culto, fabulador de relatos, creativo, gran bailarín, galán fuera de serie, y poseía un físico privilegiado, de una gran belleza.» Parte de ese carisma seductor, que conservó hasta sus últimos días, estaba en el saber realizar relatos apócrifos muy encantadores y graciosos.
Alicia Haber recuerda que inventaba «historias muy variadas sobre su nombre. Una de ellas la narró en Bella Artes fantaseando que Tola provenía del sánscrito y quería decir el que viene de la noche. En un reportaje que le hizo María Inés Obaldía en televisión se las ingenió para crear dos biografías, una en la que era hijo de húngaros trapecista de circo y su nombre quería decir «se terminó la cosa» y otra incluía un nacimiento en Alaska de padre contrabandista con la explicación del nombre Tola como «niño que viene del cielo». En esa misma entrevista, no le faltó flirtear con la entrevistadora al aire, en su programa de televisión, relatando con mucha gracia que tenía tantas admiradoras que debía dispersar la cantidad de mujeres que se aglomeraban en su casa. «Me importa más que soy lindo, que si pinto bien».
En el 2000, ya con 82 años, el «Tola» debió renunciar a la docencia en Bellas Artes, así como a las noches de “El Periplo” con los estudiantes. Sin embargo, muchos siguieron viniendo a “El Retiro”, así como el «Tola» viajaba para «husmear» en la escuela.
Ese año, quizás en la perspectiva de que la biología no le iba a dar muchos años más, el «Tola» se dedicó a armar una recopilación de sus grabados, recogido en un libro editado por la Imprenta “El Estudiante”, en Piriápolis, junto a Nicolás Barla.
Sin embargo, el «Tola» no le tenía miedo a la muerte en sí, porque creía que era algo ineludible. En una carta a la señora Meier, reflexiona sobre sus temores a la vejez y al deterioro. «Mi único miedo es vivir demasiado tiempo. La vejez no es pecado, pero tampoco es una alegría. Hay montones de cosas desagradables en la vejez. No poder correr por las escaleras, no poder saltar… pero a esto uno se acostumbra uno sin dificultad. Se trata sólo de un deterioro físico, y de las pérdidas físicas que no son degradantes. Lo que degrada es perder la lucidez de la mente: la senilidad, la senilidad. He conocido gente que ha muerto demasiado tarde y me ha dolido mucho más. Mire, para mí, asistir a la destrucción de una inteligencia es un insulto. No quiero que esto me suceda. Quiero morir con la mente clara. Sí, mi único miedo es el de vivir demasiado tiempo».
José Luis «Tola» Invernizzi falleció el 16 de marzo de 2001, en su chalet “El Retiro”, unos pocos meses después de que un argentino se convirtiera en el único comprador de parte de su obra, dejándole la alegría, no tanto del dinero, que lo fue importante, sino porque para él, el comprador había elegido cuatro de sus mejores cuadros.











