En el marco de este 2 de abril, Día Mundial de Concientización sobre el Autismo, expertos analizan los retos de convivir con un trastorno que afecta al 1% de la población. El gran desafío sigue siendo adaptar un entorno que, muchas veces, no está diseñado para quienes perciben la realidad de forma diferente.
El autismo, definido médicamente como un trastorno del neurodesarrollo, supone para quienes lo viven —e incluso para quienes les rodean— el reto de convivir con un cerebro que «funciona de forma diferente», lo que lleva a «estar todo el tiempo enfrentándose a un mundo que no está pensado para uno».
Así lo asegura Rosa Álvarez, psicóloga con casi 30 años de experiencia en la materia, quien afirma, coincidiendo este jueves con el Día Mundial de este trastorno, que «no es que su cerebro funcione peor, es que tiene otro sistema operativo».
«El mundo está organizado para quien no tiene autismo y a ellos les cuesta mucho adaptarse a esto», explica Álvarez, que cree que una de las dificultades en el abordaje de esta situación es «la gama muy amplia de posibles formas en las que se manifiesta e influye en la vida» de quien lo padece.
Detalla que la última clasificación diagnóstica internacional establece tres grados, desde el más leve, que serían personas autónomas que «no identificarías en absoluto», hasta las que tienen asociada una discapacidad intelectual y necesitan ayuda de otra persona para muchas cosas en su vida cotidiana. En medio se situarían aquellos que tienen habilidades en muchas áreas, pero que enfrentan dificultades para realizar otras tareas en el día a día.
Variedad de síntomas y mitos
Uno de los rasgos que caracteriza a estas personas es la dificultad de adaptarse a los cambios, precisamente porque «como les cuesta tanto comprender su entorno, quieren que todo siga lo más estable posible, ya que es la forma de aprenderlo y responder». Cualquier modificación puede conllevar «una reacción catastrófica» en los casos más graves, mientras otros buscan tener las cosas organizadas pero son más flexibles.
Hay variedad también en su capacidad sensorial: «Hay personas a las que les duelen cosas que objetivamente no duelen a nadie, como cepillarse el pelo o el contacto con el agua, y otras, al contrario, que para sentir el estímulo necesitan un contacto mucho más físico».
«Para algunos, una sala de espera llena de gente puede ser una fuente de estrés intolerable, porque están en un entorno desconocido que les puede generar una ansiedad enorme», relata la psicóloga, quien recuerda que la tasa estimada —porque no todos los casos son diagnosticados— es de un 1 % de la población.
Asegura que con ese porcentaje «es muy probable que todos conozcamos a una persona autista aunque no lo sepamos», y añade que hoy hay mucha más conciencia que hace unos años, aunque siguen existiendo «muchos mitos» y falta información ajustada a la realidad.
«Hay que dejar de pensar en el autismo como se ha visto en las películas, que eres o Rain Man o el niño del FBI que descifra códigos», apunta Álvarez, quien cree que el empleo es buena muestra de un sector en el que se pueden desmontar esos mitos si las empresas apuestan por darles una oportunidad para que demuestren su valía igual que cualquier otro trabajador.
EFE / Semanario La Prensa
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