Columna de opinión
Meritocracia y desigualdad
Hay conceptos que una época pone bajo sospecha. Otros directamente intenta cancelar.
Mérito parece ser uno de ellos.
Se ha instalado la idea de que detrás de cada éxito hay, antes que esfuerzo, privilegio. Que como no todos nacemos en las mismas condiciones, hablar de meritocracia sería una forma de justificar la desigualdad.
La primera afirmación es cierta. La segunda, no.
No todos largamos desde el mismo lugar. Uno nace en una familia que puede pagarle los estudios y otro tiene que trabajar para estudiar. Uno hereda una empresa y otro empieza sin un peso. Hay quienes encuentran puertas abiertas y quienes tienen que empujarlas.
Una sociedad justa debe reducir esas diferencias y generar oportunidades. Para eso sirven la educación, la salud, las políticas sociales y también experiencias como UTEC, que acercan formación terciaria a jóvenes del interior.
Pero reconocer la desigualdad de origen no puede llevarnos a negar el mérito.
Pensemos en algo mucho más cotidiano.
¿Qué impide que alguien sin mayor instrucción entre a una obra como peón, aprenda mirando, pregunte, quiera saber más y mañana sea oficial albañil? ¿Y qué impide que ese oficial siga aprendiendo, asuma responsabilidades y llegue a ser capataz?
Muchas veces, nada más que su voluntad.
Porque el conocimiento no se adquiere solamente en un aula. Se aprende estudiando, pero también trabajando. Se aprende mirando al que sabe, preguntando, equivocándose y volviendo a intentar. Se aprende queriendo saber hoy un poco más que ayer.
Ese peón que llegó a capataz tuvo mérito.
Y reconocerlo no significa desconocer las dificultades que enfrentó. Significa reconocer que su origen no necesariamente determinó su destino.
Ahí está el peligro de cancelar el mérito.
Discutir el mérito como herramienta de crecimiento personal no es inocuo. Puede convertirse en una invitación a la frustración, a quedarse donde uno está o directamente a no esforzarse.
Buscando transmitir un mensaje de comprensión, se puede terminar transmitiendo un valor profundamente negativo: nada depende de vos, poco podés hacer, no vale la pena intentarlo.
Buena parte del pensamiento de izquierda ha encontrado históricamente en las estructuras, en los otros y en el determinismo social la explicación del resultado individual. Las circunstancias explican. El sistema determina. La responsabilidad personal se diluye.
Es un discurso que pretende levantar al que está abajo, pero corre el riesgo de achatarlo.
Comprende, pero no estimula. Empatiza justificando, pero no empuja elevando.
Y esa diferencia importa.
Porque decirle a alguien “entiendo por qué estás ahí” puede ser necesario. Pero mucho más importante es agregar: “no estás condenado a quedarte ahí”.
Una sociedad necesita redes para sostener al que cae, pero también valores que lo impulsen a levantarse.
Si explicamos todo éxito por el privilegio y todo fracaso por las circunstancias, ¿qué lugar dejamos para la voluntad, la responsabilidad y las decisiones personales?
¿Para qué estudiar una hora más? ¿Para qué trabajar y estudiar? ¿Para qué aprender un oficio, capacitarse, ahorrar, emprender o volver a intentarlo después de fracasar?
Negar el mérito puede terminar convirtiéndose en una invitación al no esfuerzo.
El mérito no garantiza el éxito. Hay gente que se esfuerza enormemente y no consigue lo que busca. Existen desigualdades injustas y barreras que el Estado tiene la obligación de combatir.
Pero una cosa es procurar igualdad de oportunidades y otra muy diferente pretender igualdad de resultados.
Nuestro objetivo debería ser que cada vez importe menos dónde nació una persona y cada vez importe más qué hace con las oportunidades que encuentra.
El Estado puede abrir puertas. Puede ayudar a quien tiene más dificultades para llegar hasta ellas.
Pero no puede estudiar por nosotros, trabajar por nosotros, aprender por nosotros ni levantarse por nosotros después de una caída.
Esa parte nos pertenece.
Por eso combatir la desigualdad y defender el mérito no son ideas contradictorias.
Al contrario.
Hay que combatir la desigualdad para que el mérito pueda cambiar una vida.
Una sociedad que abandona a quien necesita ayuda es injusta.
Pero una sociedad que, queriendo comprenderlo, termina convenciéndolo de que nada depende de él, puede hacerle un daño todavía mayor.
No alcanza con sostener. También hay que estimular.
No alcanza con comprender. También hay que empujar a crecer.
Rodrigo Blas
Senador de la República













