Por Gerardo Debali.- Hay obras que se inauguran y, con el paso del tiempo, se vuelven parte del paisaje. La gente pasa por ellas, las utiliza y, muchas veces, deja de dimensionar lo que significaron. Pero hay obras que cambian la vida de una comunidad. Los puentes elevados e intercambiadores construidos en tres puntos de la Ruta Interbalnearia, el de Ruta 37 uniendo Pan de Azúcar y Piriápolis, el acceso a balneario Solís y Arrayanes, son, para quienes vivimos en la zona oeste de Maldonado, precisamente eso: obras que cambiaron nuestras vidas. Por eso, cada vez que pasamos por esos lugares, no podemos dejar de valorar y agradecer lo que allí se hizo.
Durante años, esos cruces fueron verdaderos puntos negros de la circulación. Siniestros graves, personas fallecidas, heridos con secuelas permanentes, vehículos destruidos y enormes colas de tránsito formaban parte de una realidad que parecía imposible de modificar. Hoy, en cambio, cruzamos la Interbalnearia sin siquiera detenernos a pensar que estamos atravesando una de las rutas más transitadas del país. Lo hacemos con seguridad, sin tensión y sin aquella incertidumbre permanente de preguntarnos si era el momento adecuado para cruzar.
Eso no ocurrió por casualidad. Hubo una decisión política. Y es precisamente por eso que preocupa lo que se proyecta para la Ruta 9, particularmente en Gregorio Aznárez y Estación Las Flores. La comunidad ya ha expresado su disconformidad con las soluciones que se manejan. No se trata de oponerse a la doble vía. Todo lo contrario: la duplicación de la Ruta 9 es una obra necesaria y largamente esperada. El tramo Pan de Azúcar – Rocha, ya terminado, es otra obra vial de excelencia.
Lo que se reclama es que, una vez que se haga una obra de esta magnitud, se haga bien. Porque una obra vial no es solamente hormigón, asfalto, túneles o puentes. Es seguridad. Es tranquilidad. Es calidad de vida. Es pensar en quienes viven allí todos los días y no únicamente en quienes diseñan los proyectos desde un escritorio.
La experiencia de los tres puentes construidos durante el gobierno de Luis Lacalle Pou demuestra que existen soluciones. En aquel momento hubo voluntad política, hubo técnicos que trabajaron, hubo autoridades que escucharon a los vecinos y hubo una decisión de hacer las obras que la comunidad necesitaba.El resultado está a la vista.
En la zona oeste, los cruces peligrosos dejaron de serlo. La siniestralidad se redujo de manera drástica y la vida cotidiana de miles de personas cambió por completo para mejor.
Por eso, desde este espacio editorial, queremos reconocer el trabajo realizado en aquel momento por quienes hicieron posible esas obras: el entonces presidente Luis Lacalle Pou, los ministros de Transporte y Obras Públicas Luis Alberto Heber y José Luis Falero, el director nacional de Vialidad Hernán Ciganda, legisladores, autoridades departamentales y municipales y todos quienes empujaron para que esos proyectos se concretaran.
No fueron obras menores. No fueron simplemente tres puentes. Fueron tres decisiones que evitaron tragedias y que le devolvieron seguridad a una comunidad entera. Ahora, la responsabilidad está en las actuales autoridades.
El presidente Yamandú Orsi, la ministra de Transporte y Obras Públicas Lucía Etcheverry y los responsables de la Dirección Nacional de Vialidad tienen la oportunidad de escuchar a los vecinos y revisar las soluciones previstas para la Ruta 9. El reclamo es sencillo: que no se haga una obra a medias.
Si la solución más segura requiere una inversión mayor, habrá que analizarla. Si se necesita una estructura elevada, habrá que estudiarla. Si existe una alternativa que permita una circulación segura para vehículos y camiones, deberá ser considerada. No se puede construir una ruta pensando únicamente en el presente. Una obra de esta importancia permanecerá durante décadas. Lo que se haga hoy no podrá modificarse fácilmente mañana.
Y en esto hay algo que debería estar por encima de cualquier diferencia política: la seguridad de la gente.
No podemos aceptar que una comunidad tenga que adaptarse a una solución que le genera dudas, riesgos o dificultades cuando existen antecedentes concretos de que es posible hacer obras mejores. El dinero es importante, por supuesto. Los recursos públicos deben administrarse con responsabilidad. Pero también es cierto que las grandes obras requieren decisiones y prioridades.
En Uruguay, muchas veces, lo más difícil no es encontrar los recursos. Lo más difícil es encontrar la voluntad política para decidir. La zona oeste de Maldonado ya demostró que cuando se escucha a los vecinos, cuando se conoce la realidad del territorio y cuando existe voluntad de hacer, los resultados pueden ser excelentes. Por eso, nuestro pedido es simple y respetuoso: que las actuales autoridades escuchen.
Que recorran la zona. Que hablen con los vecinos. Que transiten por la Ruta 9. Que conozcan la realidad de Gregorio Aznárez y Estación Las Flores. Y que, antes de avanzar definitivamente con una solución, analicen todas las alternativas posibles. Porque la comunidad no está pidiendo un privilegio. Está pidiendo seguridad.
Y si una obra puede evitar accidentes, reducir riesgos y salvar vidas, entonces no debe ser considerada un gasto. Debe ser considerada una inversión. Una inversión en la vida de la gente.
Gerardo Debali
Semanario La Prensa
Mundial 2026


















