100 años de José Luis Invernizzi: El arte del «Tola» (primera parte).- En el marco del ciclo «Historias de Piriápolis» del investigador histórico Prof. Gastón Goicoechea para diario La Prensa, publicamos el siguiente material que rinde homenaje a José Luis Invernizzi el «Tola» al cumplirse el centenario de su nacimiento.
EL ARTE DEL ¨TOLA¨ (primera parte)
EL «Tola» y los que merecen hablar por él
Este material se basa en la amplia bibliografía existente sobre José Luis Invernizzi, principalmente lo publicado por Alicia Haber. Pero más que nada, este trabajo se basa en un preciso, sentido y entendido artículo escrito por una de sus nietas, la Prof. Gabriela Invernizzi, para un libro publicado en 2010 que historiaba los orígenes del liceo que lleva el nombre de su abuelo. Gracias a ella, docente de Historia, con grandes conocimientos de arte y de historia local, y ni que hablar de su familia, los Invernizzi-Alperovich, que formaron parte de la construcción colectiva de Piriápolis por prácticamente medio siglo, es que se escribió este modesta nota, que busca recordar al «Tola» como artista plástico, pero antes que nada, como persona.
Claramente no hubo «un» arte del «Tola» Invernizzi. Como sucede con todos los artistas, y con todos los seres humanos en todos los aspectos de la vida, al «Tola» le llevó treinta años madurar su lenguaje. Fueron años en que el personaje carismático que encandiló a todos con su seductora picardía, encanto y sentido del humor (y del amor), «tapó» con esta bonomía y con sus historias (reales y fabuladas), a su obra como artista. Fueron muchos años para que el «Tola», por lo menos, pasara a ser reconocido como el «raro» del arte uruguayo, pero al menos serlo, y con un poco más, y con el pasar del tiempo, ser recordado como un artista piriapolense que tuvo una resonancia nacional y latinoamericana en los 80 y 90.
Para su nieta, Gabriela Invernizzi, el «Tola» tuvo todo tipo de influencias: «Todos los artistas aprenden de todo lo que sus sentidos perciben. Quizás su fascinación por Carlos Federico Sáes (precursor uruguayo), el expresionismo, el cubismo, la abstracción, el fauvismo y surrealismo sean marcas firmes. De cualquier manera lo importante es que su corazón fue atravesado por pinceles anteriores, pintó, grabó y dibujó lo que sintió que debía decirse en su tiempo».
Incluso, desde su humildad natural y nada impuesta, tenía la influencia de cualquiera que lo rodeara. Gabriela Invernizzi recuerda que su abuelo, «en sus procesos creativos, bajaba con algún cuadro y preguntaba: “¿qué te parece?”. Él esperaba la respuesta de los inocentes o desprevenidos, (que generalmente éramos los niños) para tantear el mensaje básico (supongo), y cómo no, también aceptaba las críticas de color y composición, muchas veces teniéndolas en cuenta como si se tratara del más especializado crítico de arte (quizás más)…
Muchas veces la gente no se animaba a decirle directamente lo que (por ejemplo) me decían: “Yo no entiendo nada de eso que pinta tu abuelo” y yo repetía lo que él decía: “No importa que entiendas, importa que te guste”…y ahí era peor, porque enseguida venía la prima hermana de la frase anterior: “Son horribles las pinturas. ¿qué tiene que ver un pene, una rueda, senos, plata y un hombre malo?” (Pero había un hombre malo, y la sensación era “horrible”). Sin embargo, quien tuviera un poco de confianza, le pedía que le hiciera la tarjeta de casamiento o cumpleaños, o los más arriesgados, un cuadro para la casa».
La expresión de La Bohemia
Nacido el 21 de setiembre de 1918, José Luis Invernizzi era el «tercero», pero primer hijo varón de Césira y José, trabajadores en una pensión montevideana. Esa sería la explicación de su apodo «Tola», dado que al nacer en la pensión se escuchó «que había nacido un pistola». El niño creció, y pronto su niñez y adolescencia se caracterizó por deambular por las instituciones educativas formales, marcado por su fama de desobediente, y por sucesivos problemas de conducta.
De adolescente ya se destacaron dos actividades que marcarían su vida: la actividad plástica (de lo que trata esta nota) y la militancia política (que trataremos en la próxima nota).
La plástica seguramente fue un elemento presente en su vida desde la niñez, aunque se dice que fue en la pubertad, cuando vio unas pinturas de René Geile Castro en la pinturería Zubiri, en que «Tola» empezó a pensar en serio en querer «ser pintor», más cuando leyó «Escenas de la vida bohemia” de Henri Murger. Fue cuando comenzó a estudiar pintura en el Círculo de Bellas Artes, donde duró poco; se dice que por una molesta experiencia cuando fue modelo desnudo para sus compañeros.
Esos años, en que sus padres regenteaban una pensión capitalina, el «Tola» quinceañero comenzaba con la vida nocturna y bohemia que lo caracterizó hasta el final de su vida, entre copas, boliches, cigarros, mujeres y, principalmente, largas, divagantes, pero profundas charlas con amigos (categoría en la que podían entrar los desconocidos).
A través de su vida diurna de militancia estudiantil, liceal y universitaria, y la nocturna del boliche, fue que «Tola» se hizo asiduo del café Metro, mezclándose en las tertulias de los que luego formarían la “Generación del ’45”, integrada por intelectuales, escritores, músicos, pintores, y simplemente «filósofos de la universidad de la vida» (entre ellos Onetti, Real de Azúa, Idea Vilariño, Carlos Maggi, Benedetti, Líber Falco).
Con la influencia de esta generación, urbana, desilusionada y critica con el «sistema», el «Tola» experimentaba con la pintura, que ya entonces no se ajustaba con los requerimientos formales del arte, incluso del vanguardista. Y a pesar que se le decía que debía incursionar en la literatura, el «Tola» prefirió no sólo seguir con la pintura, sino estudiar las técnicas del grabado.
Por esos años, el «Tola» ya se había mudado a Piriápolis. Sus padres impulsaron el «Hotel Italia», primero alquilando un lugar, y luego construyéndolo donde hoy se encuentra el Edificio Italia, sobre la Avenida Piria. Casado, y pronto separado, hacia 1945 vivió entre Argentina, Montevideo y Piriápolis, llevando una vida bohemia, viviendo en pensiones, casas de «amigas», y de amigos (categoría que podía incluir a desconocidos), incluso transportándose de polizón en los vagones de tren, en tanto incluso participaba de extra, haciendo de forzudo, en una película argentina.
La expresión del amor por la Humanidad

El amor lo cambió todo. Conocer en 1948 a la arquitecta Emilia «Milka» Alperovich le hizo sentar cabeza (en la escala del «Tola», aclaremos). Así fue que empezó a trabajar con la novel arquitecta en las numerosas casas y apartamentos que se le encargaban, ayudando en los cálculos de hormigón y en la obra.
En 1950, el año en que «Milka» lo «casa», se mudan al chalet «El Retiro» en Simón del Pino y Misiones, Fue cuando el «Tola» expuso en la Galería Vian de Buenos Aires su primera serie, con 25 pinturas y 4 dibujos, recibiendo una crítica muy positiva en el círculo artístico argentino.
No fue tan así tres años después. En 1953, un año después del nacimiento de Mario, el «Tola» presentó 33 óleos en la sala de “Amigos del Arte” de Montevideo. Las críticas recibidas no fueron muy buenas, porque su obra mezclaba tanto las influencias de otros artistas, que este aparente «exceso de eclectisismo» confundió a los expertos, que incluso cuestionaron si valía la pena ir a verla.
Así fue que el «Tola» comenzaba a ser el «raro» del arte uruguayo, rompiendo con los esquemas formales del arte, incluso de los estilos supuestamente progresistas. Tanto fue así que, de hecho, su obra no era entonces reconocida a nivel nacional. Por ello, sus obras se exponían en Piriápolis, Pan de Azúcar y Maldonado, incluso en lugares que no eran galerías de arte, sino sitios no convencionales entonces, como podía ser la calle.

Cuando en 1960 comienza a construirse el edificio que está junto al chalet “El Retiro”, que incluía un atellier para el «Tola», en el último piso, fue que elaboró una serie de grabados titulados “Acerca de la bomba atómica”, sensibilizado por el mundo de entonces, el de la Guerra Fría, las tensiones sociales, la revolución y el miedo al holocausto nuclear. En esa línea, creó otras dos carpetas: “Esta empecinada flor” (1964) y “Los Diez Mandamientos” (1967).
Con estas obras, gradualmente el «Tola», empezó a madurar su arte experimental, caracterizado por una tendencia a una febril imaginación, plasmada en una gran osadía en el uso de los colores, en trazos y formas expresados de forma furiosa, torrencial y vehemente, con algunos momentos de calma sosegada, siempre buscando trasmitir contenidos sociales con una fuerte carga humanista, e incluso cristiana (aunque el «Tola» no lo fuera).
Sin embargo, y a pesar del fuerte contexto político e ideologizado de la época, el «Tola» no cayó en la idea de confundir el arte con «el artista comprometido», que termina transformando su obra en un simple soporte de política panfletaria al servicio de ideas partidarias.
La expresión del dolor

Los años fueron pasando, con una profunda crisis económica, social y política que vivía el país, y entre la lucha entre el capitalismo y el comunismo, la agitación social, la guerrilla y la represión estatal, la dictadura se «olía» a la vuelta de la esquina. En 1972 «Tola» participó del llamado a artistas de Anhelo Hernández, para trabajar en murales para el patio de la Facultad de Derecho, cuya consigna fuera “Hombre y Antihombre”.
Luego de trabajar en tres paneles junto a Martín Arregui y Eduardo Olascoaga en los sótanos de AEBU, «Tola» se los llevó para Piriápolis, cuando le dijeron que su obra estaba «desprolija». Entonces la rehizo, y la presentó en Piriápolis, en la confitería “El Arlequino”.
Ese año comenzó para la familia Invernizzi el infierno del Terrorismo de Estado. Su hijo Mario fue llevado preso por integrar el MLN, luego, en 1973, el «Tola» mismo y «Milka» también cayeron presos («Milka» tuvo que exiliarse para Argentina). Ya con la dictadura instalada, Claudio también cayó preso, luego de cumplir la mayoría de edad, en tanto el «Tola» sufría varios arrestos.
En prisión, particularmente en un cuartel en Melo, el «Tola» llegó a realizar una serie estando preso, «Hombres y Cosmos» (1973). Una vez liberado, y con su familia separada y destrozada, y entre visitas en distintas cárceles a sus hijos, y viajes a Buenos Aires para ver a «Milka», fue que el «Tola» creó la carpeta de grabados que quizás ha sido más conocida y estudiada:
“Monigotes para mis hijos” (1977). Se trata de una serie de 19 grabados hechos en metal, que, con la prisión y la tortura presente tan explícitamente en su familia, expresan la mezcla de miedo, dolor y culpa que, no sólo él, sino una parte importante de la sociedad uruguaya vivía entonces.
Para Alicia Haber, se trata «de uno los puntos más altos de su producción de grabador singularizada por una imaginería exuberante, sumado a un notable uso de blancos y negros, y un dominio absoluto del oficio…» Hoy sus copias están expuestas de forma permanente en el pasillo principal del Liceo de Piriápolis, y en la Casa de la Cultura de Piriápolis.

Después de esta serie, y particularmente con la liberación de sus dos hijos en 1979, empezó a verse una aire de optimismo en el arte del «Tola», como puede verse en el «Espejo y la rosa» (1979), y en el «Pintor y su modelo» (1976’1977).
En 1980 se abría una década en el que el «Tola» empezó a ser ganado aún más por la fantasía, y los círculos artísticos empezaron a reconocer y reconocerse en su obra.
Texto y fotos Prof. Gastón Goicoechea
Foto portada Claudio Invernizzi vía Twitter











