Una cruz en el camino. (Cuento)
Era uno de esos tantos viajes largos y aburridos que realizaba por cuestiones de trabajo a lo largo y ancho de todo el país. Me faltaban todavía unos cuántos kilómetros para llegar. Se me había terminado la comida y estaba cansado de escuchar una y otra vez las canciones del único CD que tenía.
El sol estaba cayendo y las sombras de los árboles apostados al costado de la carretera se alargaban formando extrañas figuras que parecían hacerme compañía en éste tedioso viaje.
Ésta era una ruta que conocía muy bien, con muy poco tránsito y apenas un puñado de casas distribuidas en toda su extensión.
Quizá presa del aburrimiento, se me ocurrió hacer algo que nunca antes había hecho. Se trataba de tomar un atajo por uno de esos caminos que seguramente me haría ahorrar unos cuántos kilómetros, pero que no sabía en que condiciones se podía encontrar. Ya que atraviesan grandes extensiones de campo y en su estado influyen mucho las lluvias, el paso de vehículos pesados, etc.
Me pareció que sería una experiencia nueva y sin pensarlo dos veces, fijé mis ojos en el camino esperando la llegada del próximo cartel indicador.
No tuve que recorrer demasiado, a los pocos kilómetros apareció uno que decía, “Camino de la Cruz”. Aminoré la velocidad y emprendí ésta nueva experiencia.
Solo bastaron unas pocas cuadras para darme cuenta que se trataba de un camino sin ningún tipo de señalización, a los costados se veían las cunetas llenas de pasto y enseguida los alambrados que corrían a lo largo de los inmensos campos.
El panorama era desolador, pero lo tomé con toda la calma posible, ya que no tenía apuro y decidí disfrutar del viaje.
La noche estaba muy oscura, no había salido la luna y tampoco se divisaba ninguna luz en varios kilómetros a la redonda, solo la de mí automóvil.
Tras una media hora de viaje, me pareció ver a lo lejos una construcción que en primer momento pensé que podía ser una casa, pero al pasar a unos pocos metros, vi que eran los panteones de un cementerio muy antiguo, seguramente abandonado.
Debo confesar que en ese momento sentí cierto temor, al pensar en mi situación, viajando solo por el medio del campo, sin nadie alrededor y pasando por la puerta de un cementerio abandonado en medio de la noche.
Traté de no sugestionarme y pensar en otra cosa, volví a poner mi único CD y disfrutando de la buena música seguí éste novedoso viaje.
A los pocos metros, vi al costado del camino una cruz de madera en el centro de un círculo de piedras. Me pregunté, por qué habiendo un cementerio tan cerca, esa cruz estaba sola y apartada.
No le di mucha importancia y seguí atento al camino.
La noche seguía muy oscura y una espesa niebla apareció de golpe, haciéndome cada vez más difícil ver el borde de la cuneta para mantener mi auto en la dirección correcta.
De repente pude distinguir a lo lejos algo que parecía una figura humana, al acercarme pude ver con gran asombro que se trataba de un hombre haciéndome señas para que me detuviera. Sentí mi corazón acelerarse y en lugar de detenerme, pisé el acelerador.
Mil cosas me pasaron por la cabeza en ese momento, pensé en el camino, la noche oscura, el cementerio, la cruz, la niebla, etc.
Sentí mucho miedo, bajé el volumen de la radio y aminoré la velocidad. Estaba intentando aclarar mis pensamientos y buscarle el lado lógico a lo que estaba sucediendo.
Tenía presente la imagen de ese hombre, que si estaba pidiéndome que me detuviera en medio de la noche, seguramente sería porque precisaba de mi ayuda, podría ser algún gaucho al que lo sorprendió la noche en medio del campo, o tal vez habría tenido problemas con su caballo.
Trataba con esto de alejar mis pensamientos fantasiosos y algo macabros.
Frenando bruscamente, respiré hondo y colocando la reversa, fui a buscar a éste individuo. Recorrí unos cuántos metros, muchos más de los que calculaba, detuve el auto y vi con sorpresa que había llegado justo hasta el lugar donde estaba la cruz de madera. Me detuve unos instantes, mirándola a través de la ventanilla del acompañante.
Cuándo mi cuerpo se estremeció, pegando un salto en la butaca, al sentir el golpe sobre la ventanilla de mi lado. Miré inmediatamente y vi que era el hombre al que estaba buscando, que al verme detenido, se había acercado hasta el auto.
Confieso que bajé el vidrio con mucha desconfianza y debido a gran susto, no me salían palabras.
Entonces él me miró y me dijo…
– Buenas noches, disculpe por haberlo asustado, no fue mi intención.
Al observarlo, noté que se trataba de un hombre de unos 40 años, con voz gruesa y con una vestimenta un poco pasada de moda, recordándome a las fotos de mi abuelo.
– Buenas noches, hacia dónde se dirige. (Le pregunté tratando de ocultar el temor que sentía)
Me miró fijo y me respondió.
– Éste camino solo conduce a un lugar.
Y quedó mirándome como esperando mi respuesta.
– Bueno, suba que lo llevo. (Dije, sin titubear)
Abrió la puerta, recogí un par de papeles que tenía sobre el asiento, y se sentó.
Me invadió un olor algo extraño como a humedad, típico de esa ropa que guardamos por mucho tiempo en un baúl. No pude evitar ver sus manos, con uñas larga y manchadas de tierra, como si hubiera estado cavando.
Encendí el auto, y como para comenzar una charla le pregunté.
– ¿Qué anda haciendo por estos lados tan desolados?
– Trabajando.
Me di cuenta que era hombre de pocas palabras y volví a preguntarle.
– ¿En el campo?
– No, soy el guardián del cementerio.
En ese momento pasaron mil interrogantes por mi cabeza. Porque a pesar de que no me detuve a observar, me había dado cuenta de que el cementerio, por su aspecto, estaba totalmente abandonado y casi en ruinas.
Me sonaba muy extraño que éste hombre fuera el guardián de ese misterioso lugar, no llegaba a comprender que sería lo que tenía que cuidar.
Como no pensaba quedarme con la intriga, comencé con mi pequeño interrogatorio.
– ¿Y dígame señor….?
– Gaspar. (Respondió), Gaspar es mi nombre.
– Muy bien Gaspar. ¿Me podría decir que es lo que tiene que cuidar en ese cementerio abandonado?
– Usted tiene la misma impresión que muchos, pero en realidad éste cementerio no está abandonado, aunque admito que se encuentra muy descuidado y que a simple vista da esa sensación.
– Y dígame Gaspar, ¿Cuánto hace que usted trabaja aquí?
– Ufff………, muchos años, más de los que usted puede imaginarse.
En ese momento el auto comenzó a fallar, como si se estuviera quedando sin combustible y de repente el motor se detuvo. En voz alta comenté.
– ¿Qué le está pasando a éste auto, ahora?
A lo que Gaspar contestó…
– Es normal, a todos le pasa lo mismo, es por la maldición.
– Maldición, ¿de qué maldición habla?
– Es una historia muy larga amigo, bájese y entenderá.
Confieso que en ese momento quedé paralizado, podía sentir cada uno de los latidos de mi corazón y el miedo se apoderó de todo mi cuerpo.
Vi cuando él descendía del auto, pero yo no podía mover ni un solo músculo, estaba realmente aterrorizado.
Gaspar cruzó por delante de las luces del vehículo, se dirigió hacia mi ventanilla y me dijo.
-Bájese amigo, es en vano que lo quiera arrancar, bájese.
No sé de donde saqué coraje pero descendí del auto y caminé hacia donde él estaba.
Mire… me dijo, a todos ellos les pasó lo mismo, señalándome al costado del camino.
No tengo palabras para expresarles mi angustia y desesperación al ver más de una decena de autos, algunos nuevos y otros muy antiguos, abandonados a la vera del oscuro camino.
Quedé atónito, sin poder pronunciar ni una palabra. Solo miraba ese siniestro espectáculo iluminado por la luz de la luna llena, que sigilosamente se iba asomando.
Por mi cabeza pasaban miles de hipótesis, algunas lógicas y otras descabelladas. Con el solo hecho de explicar esto tan extraño que me estaba sucediendo.
En ese momento sentí una mano fría sobre mi hombro. Era la de Gaspar, que mirándome fijo, me dijo…
– ¿ahora quiere oír sobre la maldición?
– Sí, le respondí sin dudar.
Vi que sacaba del bolsillo una pequeña bolsa de cuero, de donde tomó un poco de tabaco y un trozo de papel muy arrugado. Con mucha facilidad armó un cigarro y dándole un par de pitadas comenzó su relato.
– Esto que le voy a contar sucedió hace muchos años, y lamentablemente para usted, estoy seguro que es algo que nunca hubiera querido escuchar.
Mi miedo se había transformado en curiosidad.
-No importa, cuénteme. Lo que sea, cuéntemelo!
Gaspar me miró a los ojos y con voz pausada me narró lo siguiente.
-Cuando yo era muy joven, tendría unos 22 años. Tenía una novia llamada Ana, que era menor de edad.
Ella había cumplido 16. Y sus padres se oponían terminantemente a nuestra relación.
Pero debido a nuestra juventud y al amor que sentíamos el uno por el otro, siempre encontrábamos la forma de vernos a escondidas.
Su padre era dueño del único almacén del pueblo, muy respetado y querido por la población.
Pero su madre era todo lo contrario, una mujer muy mala, con un carácter sumamente fuerte y con afición a todo lo que era curanderismo, cultos extraños y hasta brujería, según decían.
No en vano la llamaban la bruja del pueblo.
Ana era su única hija, y de la que yo estaba profundamente enamorado. A tal punto que no me importaba la opinión de sus padres, estaba decidido a que ella iba a ser el amor de toda mi vida.
Presa de mi ansiedad, interrumpí su relato y le dije.
– ¿Pero qué tiene que ver esto con una maldición?, cuénteme de la maldición.
A lo que me contestó…
– Entiendo tu desesperación, te lo contaré entonces.
Y ahora sí, con voz ronca y pausada comenzó un relato aterrador.
– Nuestra relación en secreto iba desarrollándose con total normalidad, hasta que un día, ella vino con la noticia de que estaba embarazada.
Esto fue algo terrible, nuestras vidas se transformaron en un caos. Con esa noticia sus padres realmente me odiaron y se ocuparon de que fuera imposible volver a vernos.
Nos llenamos de sufrimiento, pero estaba dispuesto a luchar contra todo para conservar a la mujer que amaba y ahora a éste hijo que era el fruto de nuestro amor.
Pero ocurrió lo peor, en el momento de dar a luz, y por culpa de estar en un pueblo con muy pocos recursos, las cosas del parto se complicaron.
Las parteras no estaban preparadas para éste tipo de casos. Llamaron al médico que vivía a unos kilómetros. Pero cuándo éste llegó, ya era tarde, el niño y la madre habían fallecido.
En ese momento vi como a Gaspar se le llenaban los ojos de lágrimas y su voz se entrecortaba.
Hizo un prolongado silencio y luego continúo diciendo…
– Yo estaba desesperado, no sabía qué hacer.
El día del entierro, a pesar de todo mi dolor y sin pensar en las consecuencias, me acerqué hasta el féretro de mi amada a la cuál le estaban por dar sepultura junto con mi hijo al que deseaba con toda mi alma.
A pesar de la cantidad de gente que había, me acerqué al cajón, y lloré desconsoladamente.
Sentía como todas las miradas acusadoras se posaban sobre mí.
Pero lo peor fue cuándo al levantar la vista, me encontré de frente con el rostro de su madre, con una mirada de odio como jamás había visto.
En ese momento, Gaspar hizo otra pausa y armó otro cigarro, para continuar diciendo…
-Aún se me eriza toda la piel al recordar sus palabras, que fueron las siguientes.
“Yo te maldigo con la fuerza de todos los demonios y por haber destruido nuestras vidas y la vida de mi única hija te condeno a permanecer junto a ella por el resto de tus días. Y todo aquel que se te acerque sufrirá una muerte trágica de la que tú serás responsable.
Tú morada será el cementerio y serás enterrado fuera de él, para que tu sufrimiento persista aún después de tu muerte”
– ¿Ahora comprendes lo de la maldición?
– Sí, creo que sí.
Y por qué no te fuiste lejos de ese pueblo, para que se olvidaran de ti y al mismo tiempo alejarte de tan malos recuerdos.
– Sencillamente porque no pude, al principio no le dí importancia a las palabras de esa mujer.
Pero con el pasar de los días su maldición se transformó en realidad, todo el que se me acercaba, por un motivo u otro moría trágicamente.
Entonces, al darme cuenta de esto, me refugié en el cementerio, al cual nunca nadie más se acercó. Porque sabían que yo estaba en él.
Comenzaron a dejar los féretros en la puerta, para que me ocupara de enterrarlos.
Por eso te dije que no estaba abandonado, porque sigue funcionando pero de una manera muy especial.
– ¿Cómo sobrevives acá solo?
– Tengo una hermana a la que no volví a ver desde ese trágico día, pero es la que se encarga de dejarme en la puerta comida, tabaco y lo que necesito para subsistir.
– Y los autos, ¿Por qué están ahí todos esos autos?
– Esa es la peor parte, ya que imagínate que muchas veces paso años sin hablar con nadie ni tener contacto con alguna persona.
Entonces hay momentos en los que creo que voy a enloquecer y es cuándo en las noches, siempre con la esperanza de que la maldición no surta efecto o que ya haya terminado, me acerco al camino para detener al primer vehículo que pase.
Pero lamentablemente la maldición sigue vigente y todos los que han parado, han muerto trágicamente y están enterrados en el cementerio.
Casi todos tienen algún descuido fatal, o presa del pánico se golpean tratando de escapar y otros sufren paros cardíacos al enterarse de la maldición.
A lo largo de los años creo que me estoy acostumbrando a que esto sea así. Porque recuerdo que la primera fue una mujer con un auto antiguo muy grande y lujoso, que al contarle la historia se desesperó por hacer arrancar el automóvil, y al levantar el capot para revisar los cables de la batería, éste se le cayó justo en el cuello, desnucándola al instante.
Para mí fue terrible, porque como la maldición profesaba yo era el único responsable de ésta fatalidad.
Recuerdo que la enterré, empuje el auto hasta el costado del camino, y lloré por semanas.
Sin embargo con el último, que era el dueño de ese lujoso auto nuevo y descapotable que pudiste ver. Al ser un señor mayor, con solo enterarse de la maldición, llevó sus manos al pecho y cayó desplomado de un síncope.
Te confieso que por éste, ya casi ni sufrí, lo tomé como algo natural.
Creo que en éste momento tomé conciencia de cuál era mi verdadera situación. Y temiendo cuál sería la respuesta, le pregunté…
– ¿Me quieres decir que yo también voy a morir de una forma drástica y que no tengo ni siquiera una oportunidad de sobrevivir?
Mirándome como con lástima me dijo…
– Lamentablemente así es amigo, no sé cómo pero mañana ya estarás muerto.
Me invadió una sensación de furia y desconsuelo, me brotaban las lágrimas y tuve la intención de salir corriendo lo más rápido que pudiera de ese lugar. Pero al mismo tiempo recordé sus palabras y entré en un estado de resignación.
Acercándome a Gaspar y mirándolo profundamente a los ojos, le dije…
– Gaspar, tú no tienes la culpa de lo que está por suceder. Solamente eres un hombre que por luchar con fervor por el amor que sentías, fuiste traicionado por el destino y por personas llenas de odio y sin el poder de razonar y perdonar.
Si es que hoy tengo que morir, no quiero estar sólo cuándo llegue ese momento, te pido que me acompañes hasta el último minuto.
Vi que sus ojos se llenaron otra vez de lágrimas y ésta vez con una voz casi dulce, me dijo…
– Nunca pensé que lo tomaras con tanta calma y me siento muy apenado, porque creo que ahora sí me equivoque. Estoy frente a un hombre que no merece morir, a pesar que no me conoces noto cierta comprensión y resignación en ti.
Y sobre tu pedido, va a ser un honor para mí acompañarte hasta tu último segundo de vida.
Al escuchar sus palabras no podía evitar que mis lágrimas brotaran una tras otra, no sólo por lo que me estaba por suceder, sino también por imaginarme el inmenso sufrimiento de éste pobre hombre que vio su vida destruida y la de todo el que se le acercara.
– Esa cruz que está sola y apartada del cementerio, ¿es para ti? (Le pregunte con recelo).
– Sí amigo. (Me respondió con resignación). Mi deseo es ser enterrado junto a mi amada, pero estoy seguro que cuando llegue el día de mi muerte, los que me encuentren me enterrarán en ese lugar para que siga como dijo aquella señora, mi sufrimiento aún después de la muerte.
Lo tomé del brazo, indicándole que se sentara a mí lado sobre unas piedras que estaban al borde del camino, como para esperar mi triste final.
La luna se cubrió con unas nubes negras y una brisa hacía sonar las ramas de los árboles que nos rodeaban.
Recuerdo que charlamos por un largo rato, después sentí una calma total y cerré los ojos resignado a aceptar mi destino.
Al abrirlos, sentí el aire fresco de la mañana en mi cara y los rayos del sol que se asomaban jugando con los postes de los alambrados.
Me di cuenta que no había muerto, sino que me había dormido.
Busqué a Gaspar a mi lado y no lo encontré. Pensé que absolutamente todo había sido un sueño o mejor dicho una pesadilla.
Pero me di cuenta de que todo era una triste realidad cuando al levantar la vista hacia los árboles, pude ver el cuerpo de Gaspar colgando de una de sus ramas.
Él me había salvado, y al mismo tiempo había terminado con su propia pesadilla.
Corrí hacia donde se encontraba, con la ilusión de que le quedara un hilo de vida, pero ya era tarde, su vida había terminado.
Como pude trepé al árbol, corté la soga y con mucho esfuerzo lo llevé hasta el cementerio.
Busqué la tumba con el nombre Ana y calculando la fecha aproximada de su muerte, después de un rato la encontré.
Me tomó un buen tiempo cavar la tumba donde descansarían Gaspar junto a su hijo y su amada.
Luego de enterrarlo, me despedí y salí del cementerio caminando hacia el lugar donde estaba la cruz solitaria de madera.
Al llegar frente a ella, la rompí con furia y arrojé los pedazos lo más lejos que pude.
Me acerqué hasta mi auto y como era de suponer, arrancó de inmediato.
Seguí mi viaje por ese viejo camino, pensando que muchas veces nos aburre lo monótono o conocido, pero en el desafío de lo desconocido, nos podemos encontrar con sorpresas que superan a nuestra imaginación.
Adrián Correa
03/04/2012









