«Tola» Invernizzi: Se cumplen hoy 100 años de su nacimiento. El reconocido artista plástico uruguayo y carismático referente social, cultural y humano, ex edil departamental de Maldonado, nació en Montevideo el 21 de setiembre de 1918 y murió en Piriápolis el 16 de marzo de 2001. A 100 años de su nacimiento, diario La Prensa le rinde homenaje con este completo material elaborado por el investigador histórico Prof. Gastón Goicoechea, quien hace un repaso por la vida y obra de José Luis Invernizzi, historia que construyó junto a su inseparable compañera de vida, Emilia Alperovich (Milka).

100 AÑOS DE JOSE LUIS INVERNIZZI (1918-2001)
SOBRE ¨TOLA¨COMO HOMBRE (Y SOBRE UNA GRAN MUJER)
Biografía: un hombre, una mujer, y muchas obras

Textos y fotos Gastón Goicoechea.- Conocido popularmente como “Tola”, Invernizzi, fue una figura piriapolense que tuvo una dimensión importante como artista plástico en lo nacional.
Nacido el 21 de setiembre de 1918, hijo de padre uruguayo y madre italiana, responsables de una pensión céntrica en Montevideo, «Tola» fue el tercero y único varón de cuatro hijos: Zulma, Ada, José Luis y Dina. En el caso de José Luis, comenzó sus estudios primarios en la Escuela Nro. 134 “República de Venezuela”, y luego en la en la Escuela Especial de las hermanas Manrupe. En Educación Media, realizó Preparatorios de Arquitectura, aunque sin terminarlos.
En 1937 se vinculó con Piriápolis, cuando la modesta familia Invernizzi invirtió en la hotelería local, hasta impulsar el Hotel Italia, ubicado sobre la Avenida Piria. En tanto, «Tola» pasó una juventud bohemia y agitada, conociendo el ambiente artístico y cultural de Montevideo y de Buenos Aires, y mezclándose en reuniones y bares con varios referentes literarios y artísticos de lo que luego sería conocida como la Generación del ‟45. En 1940 se casó con Mirtha Castelvecchi, hasta su pronto divorcio en 1945.
Por esos años, «Tola» conoció en los veranos piriapolenses a Emilia «Milka» Alperovich» (1917-2004), joven arquitecta de origen argentino (foto der.), que con sus padres visitaba todas las temporadas el balneario, participando en la construcción del chalet familiar, “El Retiro”, en la esquina de Misiones y Simón del Pino.
En esos períodos conoció a José Luis Invernizzi, con quien se casó en 1950 y tuvo dos hijos, Mario (constructor y dirigente político) y Claudio (publicista). El matrimonio Invernizzi por décadas llevó adelante una empresa familiar, erigiendo más de 400 casas, y participando en varios proyectos colectivos, que implicaba la confección de planos y la dirección de obras de carácter social, como la Policlínica de Salud Pública, el Liceo de Piriápolis, el Gimnasio del Ateneo, y las reformas y ampliaciones de la Comisaría, la Escuela 52, el Colegio San Francisco y el Pabellón de las Rosas
A nivel plástico, «Tola» impulsó la pintura en el taller que tenía en el chalet matrimonial de «El Retiro». Con el tiempo, con su obra, Invernizzi ha sido reconocido como una de las figuras más representativas de la plástica uruguaya de la segunda mitad del Siglo XX. Su obra la definió él mismo, expresando: «yo no pinto para mostrar, muestro para decir». Se formó en la influencia de Torres García, Picasso, Paul Klee y el expresionismo alemán, con un estilo personal, que además de expresionista, contiene una importante dosis de humanismo. En sus últimos años, Invernizzi fue maestro en la Escuela de Bellas Artes (UDELAR).
En lo político, «Tola» militó activamente desde los años de la década de 1960 en el FIDEL (Frente Izquierda de Liberación, vinculado con el Partido Comunista), siendo elegido edil titular por el Frente Amplio 1972-1973, hasta la interrupción institucional del golpe de Estado. Durante la Dictadura Militar, «Tola» estuvo varios meses preso, igual que su esposa (que tuvo que exiliarse a la Argentina). Sumado el contexto de sus dos hijos presos también, Invernizzi realizó la serie de grabados «Monigotes para mis hijos» (1977).
El impacto social, y más que nada personal, que tuvo la dictadura en la familia Invernizzi, llevó a que, al retornar la democracia, «Tola» creara la serie “Bajo el signo de la Bomba Nuclear” (continuación de una temática ya encarada en 1960).
En 1987 fue reconocido a nivel nacional, cuando una retrospectiva de su obra tuvo gran repercusión. Recibió el Premio Aica de pintura y dos cuadros suyos integraron la muestra «Retrospectivas Nacionales», organizadas en el Cabildo de Montevideo. En 1994 exhibió la serie el “Via Crucis”. En 1995 la Fundación Lolita Rubial lo premió con un Morosoli. En 1996, otra retrospectiva, en el Museo Juan Manuel Blanes confirmó la entrada de la pintura de Invernizzi dentro del circuito principal.
«Tola»: personaje, persona y referente humano
La imagen que guardan los más jóvenes de José Luis «Tola» Invernizzi, que lo vieron en sus últimos años, con su cabello totalmente blanco, caminando de forma cansina para desplazar sus largos pero elegantes, y bien llevados, dos metros, quizás no evidencia su pasado viril, y su atlético y corpulento cuerpo, esculpido por la vida al aire libre y la natación en las playas piriapolenses (tanto que tuvo una pequeña aparición como «levantador de pesas» en una antigua película argentina de Narciso Ibáñez Menta).
Sin embargo, y sin importar los cambios externos que provoca la biología, los recuerdos de la comunidad piriapolense toda sobre el «Tola», el del joven que se lleva el mundo por delante en 1950, y la del «abuelo», sabio consejero, en 2000, siempre han reconocido en él una gran persona, y un referente en muchas aspectos de la vida social, política y artística de Piriápolis.
«Tola» nunca perdió sus rasgos de juventud, resumidos en la bohemia, el boliche, la natación, y varios vicios (entre ellos la bebida, el cigarro, las apuestas, y las mujeres), pero el matrimonio con «Milka» y el nacimiento de sus dos hijos, lo domesticaron. En sus últimos años, en una entrevista a Alfredo Moyano, el “Tola” explicaba que en la juventud, como en general en la vida, hay un problema hammletiano: “Hamlet no es un tipo que duda, él sabe lo que va a hacer, pero por cada cosa que haces dejas de hacer las otras, es decir, si sos conductor de locomotora no sos buscador de pieles en Alaska… Por cada cosa que hacés, dejás de hacer todas las demás, y querés hacerlas todas. Cuando tomas un camino, sabes que dejaste el de al lado. El viaje, el andar, es siempre sacrificar caminos. Tomás uno, y los demás van desapareciendo, y tienes la angustia de los que vas dejando y no la alegría de los que vas encontrando.”
Elbio E. Gandolfo, recuerda a «Tola» por su «modo de caminar, un poco desgarbado, con un cigarrillo colgando de la mano, o en la boca, agitando en una mezcla de indiferencia y elegancia los brazos». También recuerda que cuando estaba en galán, «exhibía una impecable afeitada, y llevaba un pañuelo de seda al cuello, debajo del rostro a la vez áspero y bondadoso. Nada costaba encontrarlo cuatro días después, con una barba áspera y quince años más encima, y dos días más tarde, de vuelta afeitado y veinte años menos. Tenía cara de sabio o “maestro” algunas veces, de adolescente en otras, de intemporal entre medio, y de niño que se divierte otras tantas».
A pesar de su militancia y compromiso político y social, «Tola», al igual que «Milka», nunca fue fundamentalista. Todo lo contrario, se lo podía ver charlando con blancos, colorados, comunistas, socialistas o anarquistas. Lo mismo socialmente, puesto que se lo podía ver en bares, en la calle, en la playa, o en la agencia de ONDA, entablando largas charlas con estudiantes, artistas, obreros, amas de casa, empresarios, o niños, escuchando, dando consejos, contando anécdotas interesantes (propias de una vida llena de ellas), como de fabulosas historias, totalmente falsas, las que le gustaba improvisar y hacer creer a su auditorio.
El chalet “El Retiro” (foto portada) siempre estaba lleno de gente, desde vecinos que pedían ayuda o consejo, compañeros de militancia, amigos, amigos de los amigos, o simples (incluso «desconocidos»), todos acogidos naturalmente, incluso para dormir en algún dormitorio, el living, o cualquier rincón de la casa, tan abierto que por décadas no se le conoció una llave. Los temas podían pasar de la arquitectura, pintura o filosofía, a asuntos de noviazgos, casamientos o la mejor manera de hacer un bordado.
El recuerdo de «Tola» era inseparable del de «Milka», quienes vivieron como pensaron, concretando sus ideas socialistas con la praxis, sin contradicciones entre los dichos y los hechos, y de forma natural y espontánea, sin sobreactuación ni demagogia, y sin ninguna ostentación material, ya sea por riqueza, o por austeridad. Y siempre actuando con un profundo humanismo en la vida cotidiana, «dando una mano» a quien se acercara a ellos, todos los días, y a toda hora, incluso de madrugada. Lo mismo en los emprendimientos sociales y colectivos, en donde la figura de ambos era infaltable e ineludible, trabajando honorariamente en grandes emprendimientos como la construcción de la Policlínica de Salud Pública, dictando clases de Matemáticas en el Liceo Popular, luego construyendo su actual edificio, y así muchas otras, como la Comisaría (donde estrenó el calabozo que él mismo había construido), la Colonia Escolar y el Pabellón.











