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Basta de eslóganes
A esta hora el resultado del plebiscito de la reforma constitucional es aún incierto. Quienes apoyamos el NO A LA BAJA nos preguntamos por qué. Los argumentos por los que consideramos inconducente, contraproducente e injusta la reforma constitucional han sido repetidos insistentemente. (Mención aparte merecería el mezquino y por eso vergonzoso oportunismo electorero de la propuesta. Pero no es a los impulsores a quienes están dirigidas estas líneas)
A saber: no resuelve las causas de la delincuencia juvenil ni de la inseguridad, como lo prueban las marchas atrás que en el mismo tema están buscando varios países que lo intentaron; incurre en ambigüedades inaceptables desde el punto de vista jurídico la modificación que se pretende incorporar a nuestra máxima norma, que además es la más difícil de revertir; desconoce obligaciones internacionales del Uruguay ante la comunidad mundial, empujará el corrimiento de la edad de inicio en la comisión de delitos. Por todo esto, es desaconsejada por especialistas en el campo del derecho penal, la medicina, la criminología, la sociología y la siquiatría.
Sin embargo, lo racional argumentativo, como todo lo humano, es sólo una parte del problema. La implacable lógica del número que nos impone el mecanismo electoral obliga a quienes pretendemos aún convencer a otros, a considerar los evidentes aspectos afectivos, emocionales. Esos son impermeables a cualquier fundamentación. Cualquiera que haya tenido miedo de verdad, lo sabe. En definitiva, existe un lado irracional en èste asunto, que va a definir unos cuantos votos.
Inmerso en esa lógica de sumar como sea, el pretendido debate de ideas cae en un duelo de maniqueísmos, según el cual los uruguayos, en función de la posición que adoptemos, seremos sensibles o insensibles ante las víctimas de la delincuencia, o ante las causas que llevaron a un menor a delinquir; progresistas o retrógrados incurables; profundos en nuestro análisis de la realidad social, o una manga de frívolos superficiales. En nuestra opinión esa falsa dicotomía prácticamente garantiza la inamovilidad de las posturas ya tomadas, y empuja a no pocas personas a rehuir el debate, cosa por otra parte perfectamente lógica.
Nos preocupa mucho que la discusión adopte la forma de eslóganes, que además, según la evolución de las encuestas de opinión, no han resultado eficaces para el NO A LA BAJA.
Es el caso de “Ser joven no es delito”. Claramente, no es delito, ni garantía de inocencia, ni ninguna otra cosa tan burdamente simple.
Ha resultado sumamente sencillo rebatir esto porque la reforma no propone eso, más allá de las justificadas sospechas sobre las intenciones de sus impulsores. Repetimos por si alguien no leyó bien: los impulsores no son convencibles, los votantes sí, a ellos nos dirigimos, y ellos cuando leen el proyecto, ven que no propone eso. Así se va delineando la idea de que el NO A LA BAJA es la posición irracional.
En todo caso, ser ADOLESCENTE es estar en medio de un delicado proceso de crecimiento y desarrollo no sólo de la personalidad individual sino también de maduración de la conciencia del sujeto como ser social. Es estar en formación, y por lo tanto es estar aún a tiempo. Lo otro, en tanto que eslogan, identifica, une voluntades ya definidas, entusiasma, pero no sirve para dialogar con el que piensa distinto. ¿Cuántas personas modificarán su opinión, considerando la nuestra, por estos medios?
Desde la otra vereda, se insiste hasta el hartazgo con que la reforma es “PARA VIVIR EN PAZ”. Eso lleva implícito que es un tema entre pacificadores de una sociedad que vive aterrorizada, y dementes fanáticos de la sangre, la violencia y el caos. Entre gente “buena, honesta, trabajadora”, por un lado, y malvados encubridores de asesinos, a los que no les importan los ancianos rapiñados, o los comerciantes baleados.
No sólo lo grosero sino lo absurdo de describir así a cientos de miles de uruguayos nos exime de un esfuerzo de argumentación. Aún así, eso es lo de menos. Aprobada la reforma, ¿vivirán en paz los uruguayos en un país en el que (miles cada año) se matan en las esquinas en accidentes de tránsito? ¿Qué tan pacíficamente vivirán los (miles) de mujeres y niños que seguirán siendo víctimas de violencia doméstica, el delito más denunciado, si de estadísticas se trata? ¿Se abstendrán de cometer delitos los 700 jóvenes en conflicto con la ley, que hoy cometen el 6% de los delitos en Uruguay, en base a una calculada relación costo-beneficio de sus acciones?
Creemos honestamente que no. Se apruebe o no la baja de la edad de imputabilidad, los adolescentes seguirán adoleciendo de las mismas cosas: seguirán siendo impulsivos, desafiantes, arriesgados. Seguirán siendo inseguros, pero seguirán mostrándose soberbios, mal que les pese a los que recaban sus declaraciones en los juzgados. Seguirán siendo incomprendidos y seguirán estando a tiempo para cambiar. Pero si no logramos convencer a más personas de lo injusto y además contraproducente de la baja será menos probable que aquellos que más lo necesitan lo logren.
Y cuando, como ya ha sucedido en otros países, nos demos cuenta de eso, se habrá vuelto mucho más difícil revertirlo.
Profesor de Historia Rodrigo Barrios Tornielli
Profesora de Literatura, de Filial Zona Oeste (FENAPES) Alejandra Brabo
Semanario La Prensa
Publicado jueves 23 de octubre de 2014 hora 21:35







