Historias de Maldonado: “Vicky”, la guerrillera de Punta Colorada. Nueva y estremecedora entrega del ciclo «Historias de Maldonado» de diario La PRENSA, que rescata hechos políticos trascendentes de la historia reciente del departamento. Luego de los sucesos anteriores «A cincuenta años del asalto al Casino San Rafael» y «La tatucera Espartacus y la ejecución de Pascasio Báez», te invitamos ahora a conocer la historia de «Vicky» la guerrillera de Punta Colorada. Escalofriante relato que tiene como protagonista a Virginia Olivieri, una joven de 22 años de edad, militante del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, quien en forma solitaria y atrincherada en una casa de Punta Colorada, enfrenta a balazos a las Fuerzas Conjuntas. La historia, ocurrida los días 22 y 23 de setiembre de 1972, conocida como el «tiroteo de Punta Colorada» o «Vicky, la guerrillera de Punta Colorada», será publicada en tres capítulos en la versión papel de diario La PRENSA, los días lunes 6, martes 7 y miércoles 8 de mayo (reservá tus ejemplares en el kiosco de tu preferencia).-

El MLN en retirada
Cuando el 1º de setiembre de 1972 caía capturado Raúl «el Bebe» Sendic, parecían cerrarse siete meses en los que las noticias de prensa sobre las acciones tupamaras desbordaron titulares y páginas policiales y políticas de los diarios capitalinos, principalmente a partir de los “ajusticiamientos” del 14 de abril, y del ataque a cuatro soldados la noche lluviosa del 18 de mayo.
Los militares, munidos de decretos y leyes aprobadas por el todavía Presidente Constitucional, y por el Parlamento Nacional, como la declaración del “Estado de Guerra Interno” y la “Ley de Seguridad del Estado”, podían ahora arrestar a quien quisieran para interrogarlo en los cuarteles. Estando todavía en “democracia”, la violencia guerrillera creó un clima favorable para estas decisiones jurídicas, que legalizaron una impunidad que permitió arrestos arbitrarios y torturas en las unidades militares, e incluso el ametrallamiento y muerte de varios militantes del Partido Comunista en una seccional política.
Entre julio y agosto la mayoría de los jefes y combatientes de la guerrilla empezaron a caer en Montevideo, ante un eficiente accionar de la inteligencia militar. Varios militantes guerrilleros de la capital, comenzaron a ocultarse entre los montes del Interior, amparados en la infraestructura del Plan Tatú, que había creado una red de tatuceras alrededor de la zona metropolitana. Con una intensión originalmente ofensiva, terminó sirviendo de última y desesperada trinchera de un MLN Tupamaros derrotado, militar y políticamente.
Estas fueron las circunstancias que llevaron al más violento enfrentamiento armado que tuvo el departamento de Maldonado en esos años de plomo. Fue en Punta Colorada, la oscura, y sangrienta, madrugada del 23 de setiembre de 1972.
El derrotero a Punta Colorada
Virginia Olivieri González, tenía 22 años esa noche en que comenzaba la primavera de 1972. Nacida en Montevideo, “Vicky” como le decían sus padres y amigos, era la típica hija única de clase media, cuyo padre era empleado público. De baja estatura, 1,65 m, y un hermoso rostro, resaltado por la firme mirada de sus ojos marrones, su acercamiento a la guerrilla tupamara fue similar al de mucho jóvenes de aquella generación “sesentista”, agitada por el año 68.

La puerta de entrada de Vicky al MLN se fue abriendo en su militancia estudiantil, durante sus Preparatorios de Arquitectura en Institutio Alfredo Vázquez Acevedo (IAVA), en que Vicky entró en el activismo gremial del FER (Frente Estudiantil Revolucionario), organización guevarista y partidaria de la “acción directa”. Casada con Delbert Vázquez, fotógrafo de la misma edad, la pasión de ambos por la Revolución Cubana, por el «Che», y por la idea de que el mundo se podía cambiar por medio de la organización revolucionaria y del fusil, como decían Lenin y Mao, llevó a este joven matrimonio a unirse al MLN.
En el invierno de 1970, Vicky y su marido se sumaron a una célula de apoyo a los «fierreros», la famosa Columna 15, encargada de las operaciones armadas y «ajusticiamientos» más importantes. La experiencia revolucionaria de la pareja duró hasta el 3 de julio de 1971. Ambos fueron detenidos por las fuerzas de seguridad,en su domicilio de la Avda. Luis Alberto de Herrera Nro. 3545 apto. 4, junto con otros 14 militantes, incautándose documentos falsos, explosivos, y municiones.
Los informes policiales ubican a Vicky internada en el Hospital Militar, asistida por una “hemorragia abortiva”, en tanto Delbert estaba preso a Punta Carretas,
Una vez dada el alta del hospital el 12 de Julio, dos días después Virginia Olivieri fue procesada por Asociación para Delinquir, y remitida el 14 de julio a la Cárcel de Mujeres. Estuvo muy poco tiempo, cuando dos semanas después, el 30 de julio, ella fue una de las 38 presas tupamaras fugadas por un túnel en el marco del operativo “La Estrella”, retornando a la acción y, desde entonces, pasando a adquirir, a la fuerza, experiencia revolucionaria. El 12 de octubre ya había intervenido en un operativo de robo de armas a la casa de un coronel, uniéndose luego a un grupo de “El Collar” (Columna 7 del MLN, encargada de rodear la periferia suburbana de Montevideo, construyendo tatuceras y berretines).
La llegada de Vicky a Punta Colorada se dio en el contexto de la aplastante derrota del MLN a partir del mes de julio, cuando las Fuerzas Conjuntas en una imparable ofensiva, fueron capturando diariamente a sus jefes, militantes, armas y refugios en Montevideo.
La orden de retirarse al interior, implicó que entre fines de julio y el comienzo de setiembre, los restos del MLN empezaran a ocultarse en las zonas suburbanas y rurales de Maldonado y Lavalleja, y que la prensa empezara a publicar todos los días noticias de como «la guerra antisubversiva» llegaba al interior profundo mediante la publicación de nombres y fotos de tupamaros capturados en lugares inimaginables para la prensa montevideana.
Ese fue el derrotero de Vicky, que en setiembre la llevó a la entonces solitaria Punta Colorada. El lugar era ideal en esos tiempos para ocultarse de las fuerzas de seguridad. Ubicada cinco kilómetros al Este de Piriápolis, el censo de 1963 estimaba una población estable de 56 personas y 140 viviendas, que apenas se elevó a 75 habitantes y 191 viviendas en 1975. Entonces era un balneario muy periférico de Piriápolis, casi aislado, solitario, muy boscoso, y todavía considerado un pueblo de pescadores, con apenas una provisión, una humilde escuelita rural y, lo más importante, sin presencia policial, excepto el recorrido en moto de un solitario policia que se quedaba en una casita próxima a la península, preocupado entonces más por su esposa, que esperaba a dar a luz.
Vicky llegaba a este verdadero paraíso, junto a dos «compañeros» revolucionarios. Una profesora, Cristina Dubra, alias «Aurelia», y un joven, de profesión electricista, recién llegado al movimiento, Jorge Flores, alias «Darío». Sin apenas conocerse, se embarcaron en una aventura que no sabían que duraría menos de dos semanas, y que tendría un triste final.
El último refugio de “Vicky”

Una vez llegados a Piriápolis, fueron caminando por la costa hasta Punta Colorada, hasta que encontraron una zona boscosa, próxima a la escuela, pero solitaria, junto a una casa que estaba vacía, rodeada por metros y metros de jardines, y que parecía estar todavia en obra. Sin demora empezaron a construir una tatucera a metros de allí, en medio del bosque.
Pasaron un par semanas allí, que implicaban jornadas de caminata hasta Piriápolis para conseguir alimentos, prefieriendo esto antes que comprarlos en la provisión local, donde como «extraños», podían llamar más la atención que en una ciudad turística.
“Vicky” y sus dos compañeros del MLN, decidieron ocultarse en la zona boscosa de Punta Colorada, a pocos metros de la escuela rural, y del camino principal que comunicaba con la ruta de los Arrayanes. Allí construyeron tatuceras proximas a una casa que estaba en construcción, lugar que sería rodeado por las Fuerzas Conjuntas la madrugada del 23 de setiembre de 1972.
A pesar de la falta de experiencia en tareas manuales de las dos chicas «universitarias», el grupo avanzó bastante con varios pozos, cortando árboles y serruchando madera, formando en poco tiempo una gran amistad, producto de los fuertes lazos de camaradería que generaba “la vida revolucionaria”
Cuando con el pasar de los días confirmaron que no había nadie en la casa, Vicky, de facto la líder del grupo, fue de la idea de quedarse dentro de la casa. El grupo lo evaluó como un riesgo que se podía correr, dado que habían pasado tantos días vacía. Nunca iban a poder imaginarse que esa decisión significaría la muerte de uno, y el calvario de la tortura y la cárcel para los otros.
«Estos son tupamaros»

La trágica madrugada del 23 de setiembre de 1972, en que Vicky perdería su joven vida, tuvo su origen la noche del viernes 22. Todo empezó en la Seccional No. 11 de Piriápolis. Esa primaveral pero triste noche de viernes, el propietario montevideano de una casa en Punta Colorada vino con su esposa a la Comisaría,
Informó que, viniendo en su camión desde la capital, encontró su casa de veraneo abierta, revuelta y desordenada. Tres policías que estaban de turno salieron en el camión del dueño para el lugar, tomando por el camino que pasa por los Arrayanes (no existía todavía el camino costero que une el balneario con Piriápolis).
Dejando vehículo y propietarios a una distancia prudente, los policías se acercaron a la casa. Eran el Sargento Artigas De León, y los agentes Guzmán Rodríguez y el “Sospecha” Peña. Con lo único que contaban para imponer el orden y para defenderse eran un bastón y un viejo espadín sin filo, junto con un silbato, que hacía las veces de pedido de ayuda. Como todos los policías de Piriápolis, excepto el que iba a cuidar el banco, en sus cananas del arma de reglamento llevaban alguna baldosa o paquetes de tabaco para ocultar que no llevaban revólver. Esa noche nada de eso les podía servir donde estaban, en el medio de un bosque alejado varios kilómetros de la “civilización”.
En la casa no encontraron gente. Pero si ollas usadas, manchadas de hongos, una caja de cartón con jeringas, faroles y cañas de pescar. Todas señales que confirmaban la presencia de intrusos. Esa noche muy oscura, en ese bosque que era un desierto de gente y de viviendas, la iniciativa la tuvo Guzmán Rodríguez, que aunque era agente, tenía experiencia militar (había sido soldado en el Batallón de Ingenieros de Laguna del Sauce). “Estos son tupamaros”, dijo al ver el lugar con señales de ocupación.
Vamonos, pero a escondernos” agregó. Los tres policías se agazaparon en el refugio que ofrecía un pozo de arena que había al costado de la casa, poniendo sus gorras de visera para atrás para que el brillo de sus chapas no expusieran su posición, en tanto el sargento De León debía apagar el cigarro con sus nerviosas manos, ante el rezongo de Rodríguez, en tanto la gorra de Peña era un tembladeral que reflejaba el saco de nervios que era su cuerpo.
Apenas pasaron unos minutos, cuando los «intrusos» ingresaron y prendieron las luces, permitiendo a los policías verlos por las ventanas. Eran dos chicas y un joven, todos veinteañeros, que, agotados se tiraban en los sillones.
De León y Rodríguez salieron del pozo y se encaminaron a la puerta, en tanto dejaron al nervioso Peña «vigilando» el camino. «¡Somos la Policía, están rodeados! ¡Salgan y entréguense! ” gritó sin vueltas el sargento, parado al costado de la puerta, con un paquete de tabaco en la canana, en lugar de su arma de reglamento. Las luces de la casa se apagaron.
La lógica del revolucionario
Dentro de la casa, instintivamente Vicky apagó las luces. Y casi sin mediar palabra los tres jóvenes empezaron a juntar cada moneda y cada billete que tenían, con la esperanza de corromper las voluntades de los «milicos». Ella misma entreabrió la puerta mostrando su revólver calibre 38, el dinero y proponiendo la posibilidad que los dejaran salir en paz.

De León aprovechó la oferta de soborno para ocultar la superioridad bélica que en ese momento desconocían tener los tupamaros (tres revólveres contra cero).
”Vamos a consultar a los demás”, dijo el sargento, y dándose vuelta para el lado del camino gritó: ¡¡Rodríguez, decile a LOS muchachos que está todo bien!!”, y luego de gritar falsas órdenes a los inexistentes agentes emboscados, gritó a los jóvenes militantes de la casa que no había arreglo. Y en voz baja ordenó al “Sospechá” Peña que corriera hasta el camión donde estaban los dueños, para ir a la Comisaría, avisar al Comisario Wilson Lazo, y traer refuerzos.
Pasadas los diez de la noche llegó en su jeep el comisario en persona, acompañado por su perro, y detrás la camioneta de la Comisaría con unos diez hombres, armados con unos viejos Mauser, viejos fusiles de cerrojo usados para desfile, con poca munición.
A pesar de contar ahora con superioridad numérica y seguramente más armas, Lazo no quería que la situación terminara en algo desagradable que lamentaran las familias de los involucrados en ambos bandos.

Con profesionalismo, aprendido en sus cursos en Alemania Occidental, el comisario desplegó a su gente en los alrededores, ordenó a los hombres que con sus linternas apuntaran a la casa y a su interior a través de las ventanas. Lo mismo hacían los focos de la camioneta y del jeep, puestos del otro lado, sin gente, para no ser blanco desde la casa, y para simular que tenía más hombres, amparando en la oscuridad a los que tenía.
En el interior, los tres jóvenes, tirados en el suelo, podían ver los haces de luz moviéndose entre las oscuras paredes o rebotando entre los espejos, cegando y generando sobre ellos un efecto psicológico desmoralizante. En esa confusión, Vicky, transformada de facto en toda una líder guerrera, planteó a sus compañeros abrir la puerta, y salir corriendo, disparando con la pistola que cada uno blandía. Aunque Cristina y Jorge asintieron, cual soldados a su rey, ella mismo reconoció el suicidio colectivo que implicaba.
«No, mejor ustedes salgan, yo no puedo salir, yo sé mucho y no puedo salir. Me quedo, ustedes no, ustedes salgan», dijo, de golpe, Vicky a sus compañeros, pidiendo que se entregaran, y que ella se quedaría «hasta el final esperable». Cristina y Jorge entendían. No se trataba de una simple inmolación por la causa. Era la lógica del guerrillero. Todos sabían que iban a terminar presos en una unidad militar, y que iban a ser torturados. Y nadie soporta la tortura, y tarde o temprano la información y la delación comienzan a salir, que implicaba arriesgar tanto la vida de más compañeros, como de la propia organización.
«Van a salir dos por la puerta, no tiren» avisó Vicky a la Policía, mientras recogía las armas y municiones de sus compañeros. En la despedida le pidió a Cristina que si veía a Delbert, su pareja presa, le hiciera saber que lo que hizo fue una decisión política. «Una tupa, no llora», fueron las últimas palabras que Cristina oyó de Vicky, para calmar sus lágrimas en el momento final, cuando abrió la puerta.
“¡Que salgan, pero arrastrándose y sin hacer cosas raras!” gritó Lazo. Primero salió el muchacho, con las manos arriba de la nuca, pálido y en estado de pánico; luego hizo lo propio Cristina. Cuando los policías emboscados los esposaron llevándolos a la camioneta, se supo que faltaba una chica, y que no se iba a entregar. “Prefiere morir a entregarse a los milicos” explicaron sus compañeros.
La conversación fue interrumpida por el ruido de muchos motores. La calma boscosa de esa oscura noche llegaba a su fin por la llegada de camiones y jeeps del Ejército. La “guerra” estaba por empezar.
Los perros de la guerra
«Situación, comisario», dijo lacónicamente, vestido de fajina y casco, el Teniente Coronel Artigas Bianchi, comandante del Batallón de Ingenieros Nro. 4 de Laguna del Sauce. Recien llegaba, con sus hombres, a esa casa en medio del bosque de Punta Colorada, cercada por los policias de Piriápolis, y ahora por su unidad.
«Se presume tres tupamaros en la casa, Dos se entregaron. Los llevé a la comisaría», respondió el comisario Wilson Lazo a su colega, y vecino, de Piriápolis. «Dicen que queda una adentro. Con tres revólveres. Acabo de mandar a Rodríguez para ver si la sacamos con gas lacrimógeno», acotó el comisario.

En ese momento, el agente Guzmán Rodríguez se acercó sigilosamente para tirar una lata de gas lacrimógeno. Hasta que vio la sombra del revolver de Vicky, la guerrillera que había decidido quedarse., que empezó a tirar por la ventana de la banderola del baño, obligando al policía a tirarse para atrás. Finalmente la lata cayó en el interior de la casa, pero Vicky continuaba con su resistencia, entre heroica y suicida, quemando colchones de la casa para detener los efectos del gas.
Parapetado detrás de un camión militar, Bianchi analizó la situación, decidido en tomar el mando del operativo. Había llegado acompañado de la mitad de una compañía, es decir, unos cuarenta hombres del Ejército. Venía directamente de su casa en Piriápolis, uniéndose a sus hombres, que se habían trasladado hasta el lugar desde el cercano batallón, todos en camiones y jeeps de origen norteamericano, pero con la escarapela artiguista pintada en sus puertas. La presencia de estos soldados, equipados con fusiles, carabinas, uniformes y vehículos de la II Guerra Mundial, donados por acuerdos militares con lps EEUU, transformaron el cerco a la casa en Punta Colorada en una escena de “Combate”, famosa serie bélica de TV ubicada en la II Guerra, y que tantos uruguayos veían por la televisión.
Vicky no demoró en volver a tirar, esta vez al poderoso cerco de hombres y vehículos que la rodeaba. Una de sus balas, a pesar de la oscuridad, pegó en un árbol, a centrímetros de donde estaba el propio comisario Lazo, que decidió no volver a acercarse, retirándose adonde estaba Bianchi, detrás de los vehículos.
El fracaso con el gas, los primeros tiros de Vicky, junto a su demostración de coraje, que implicaba poner en riesgo su vida, pero también la de policías y soldados, decidieron a Bianchi que esa madrugada sería el bautismo de fuego de él y de sus hombres, poniendo en práctica lo que había aprendido de tácticas de infantería en la Escuela Militar. Sólo que esta vez no se trataba de un ejercicio. Las balas eran reales, y si se cometía un error, podía implicar la pérdida de muchas vidas.
“¿Entramos o esperamos?, señor”, preguntó un capitán, en tanto ajustaba nervioso el barbijo de su casco. “Abrimos fuego” respondió Bianchi, con los ojos fijos en la casa. “Primero despliegue los hombres mirando hacia la playa”, agregó, sin cambiar la dirección de su mirada. “Podemos esperar” dijo Lazo. Al escucharlo, Bianchi giró su cabeza y miró al comisario a los ojos. “¡Mire el cagazo que tienen sus hombres con esta piche! Vamos a resolver esto rápido”, concluyó el jefe del batallón, y respondiendo a la mirada sorprendida del capitán, y a la del comisario Lazo, finalmente justificó su decisión: “No voy a arriesgar la vida de nuestros hombres. Ella decidió estar acá. Los nuestros, no.”
El campo de la muerte

Las balas de los fusiles y carabinas M-1, junto a las metralletas M-3, empezaron a picar las paredes de ladrillo de la casa, destrozando vidrios y puerta. “Vicky” se mantenía adentro, refugiada bajo una mesa, pero firmemente. A pesar de ese infierno, apenas paraba el fuego, aparecía por alguna ventana, luego por otra, tirando como podía con las dos armas calibre .38 y .45, cuidando no quedarse sin munición. Sus disparos demostraba cierta pericia, tirados casi siempre a a altura del pecho o la cabeza, provocando el miedo de quienes estaban afuera en medio de una guerra que hasta hacía pocas horas nadie se había imaginado estar.
Con el avance de la madrugada, los militares decidieron bajar de uno de los camiones un poderosa ametralladora “Browning”. Montada frente a la casa, sobre las dos patas de un bípode, tirador y asistente apuntaron el arma a la espera de la orden que iniciaría un infierno, que todos los participantes de esa noche, recordarán por toda su vida.
La ametralladora empezó a vomitar una potente cadencia de disparos, que retumbaba fuertemente en el medio de ese bosque transformado en un campo de tiro. La bucólica y silenciosa naturaleza de ese solitario lugar fue opacada por el escandaloso tableteo de la ametralladora. Los poderosos proyectiles pegaron en las paredes de la casa, atravesaron ventanas e incluso revoques, llenando de agujeros y marcas las paredes, y levantaron polvo y esquirlas en su interior, en tanto la heladera quedaba como un colador. La oscuridad de la noche se iluminaba con los violentos fogonazos que salían de la boca del arma, que esa noche reinaba sobre todas allí, mientras escupía los mortales haces de luz de las balas trazadoras que seguían a las balas de 7,62 mm a una velocidad de 500 balas por minuto.
En la confusión, algunos policías que estaban del otro lado, tuvieron que tirarse al suelo para no ser víctimas del “fuego amigo” del Ejército. En menos de un interminable minuto se agotó la primera ronda de la cinta de munición de la ametralladora. Entre el olor a pólvora que inundó el bosque, se pudo escuchar los gritos de “Vicky” desde la lejanía de la destrozada casa. No parecían de agonía. Seguía viva, y sus palabras indicaban que no deponía su desafiante actitud ante los que, para ella, eran el brazo armado de la “rosca oligárquica”.

Segunda ronda. Y los nuevos gritos de “Vicky” indicaban su resistencia. Luego una tercera. Pero esta vez no se escucharon más los agudos y provocativos insultos a sus verdugos, o los escasos pero precisos tiros de su calibre 38. No había respuesta, permitiendo que el silencio empezara a recuperar su lugar en ese bosque, que ahora comenzaba tímidamente a aclarar con las primeras luces del día.
La joven guerrillera no parecía dar señales de vida. Podía estar muerta. Quizás herida, agonizante. O podía estar aguardando en silencio, agazapada adentro, para caer por sorpresa sobre algún desprevenido soldado o policía, con el fin de “llevarse” alguno con ella.
Entonces el Teniente Coronel Bianchi decidió poner fin a esto. “Que nadie salga”, ordenó, avanzando solo hasta la casa, armado con una metralleta M-3. Detrás se sumó un sargento, tirando ambos la puerta astillada y repleta de agujeros.
“Vicky” no salvó su vida. Pero ello le permitió guardar los secretos que tenía.
También conservó su nombre. Por mucho tiempo, su historia será contaba en la zona, narrada no sólo entre los vecinos, o entre los militantes que la conocieron, sino entre aquellos policías y soldados que, admirados por su coraje, con profundo respeto la recordaron como “Vicky, la guerrillera de Punta Colorada”.
FUENTES
Archivos Privados. “David Cámpora”, “Gastón Goicoechea”
Archivo Semanario La Prensa.
Prensa Escrita. “El Día”, 24/9/72. “El Diario” 25/9/72
Secretaría de Derechos Humanos. Presidencia de la República. https://www.gub.uy/secretaria-derechos-humanos-pasado-reciente/sites/secretaria-derechos-humanos-pasado-reciente/files/documentos/publicaciones/OLIVERI%20GONZ%C3%81LEZ%2C%20Virginia%20Amanda.pdf
Entrevistas a Guzmán Rodríguez, David Cámpora, Wilson Lazo, Hugo Iglesias, Artigas Bianchi.











