Entre el bisturí y la muerte. En el fragor de la Batalla de Caseros, uno de los episodios más decisivos de la historia argentina, se apagó la vida de un hombre que eligió salvar antes que destruir. El doctor Claudio Mamerto Cuenca, cirujano mayor del ejército y médico personal de Juan Manuel de Rosas, cayó asesinado mientras atendía a los heridos en el hospital de campaña.
Cuenca no era un soldado común. Liberal en su pensamiento, pero reconocido por su prestigio profesional, se convirtió en figura clave dentro del ejército rosista. Paralelamente, cultivaba una sensibilidad literaria que lo llevó a escribir versos románticos y profundos, ocultos por temor a la censura. Obras como El llanto de las Musas lo posicionaron como una de las plumas más brillantes de su generación.
El 3 de febrero de 1852, mientras las tropas de Rosas se desmoronaban ante el avance del Ejército Grande de Urquiza, Cuenca se negó a abandonar a sus pacientes. Al irrumpir los vencedores en el hospital, intentó proteger a los heridos. Se identificó como médico y rechazó retroceder. Fue entonces ultimado a bayonetazos y disparos, muriendo con el uniforme ensangrentado, no por combatir, sino por sanar.
Su sacrificio fue tan respetado que la posteridad lo bautizó como el Mártir de Caseros. Años más tarde, intelectuales como Bartolomé Mitre rescataron su obra literaria, asegurando que su nombre no quedara sepultado por el polvo de la batalla.
Un médico, un poeta, un hombre que eligió la vida en medio de la guerra. El recuerdo de Claudio Mamerto Cuenca nos interpela aún hoy: honrar su memoria es reconocer el valor de quienes, incluso en la violencia, se aferran a la humanidad.









