Dia del Patrimonio: La historia de «La Industrial Francisco Piria» contada por Paula Álvarez, empleada de la empresa. Este sábado 2 y domingo 3 de octubre se celebra en Uruguay el Día del Patrimonio con diversas actividades a lo largo y ancho del país. Piriápolis no escapa a los festejos, y la Asociación de Fomento y Turismo, encuentra una hermosa oportunidad para homenajear y recordar a la entonces pujante empresa «La Industrial S.A.» de don Francisco Piria, fundador de la ciudad, firma comercial que durante años tuvo sus oficinas en un local de la Rambla de los Argentinos entre Trápani y Freire. Es precisamente ahí que Fomento y Turismo, descubrirá esta tarde (hora 16:00) una placa recordatoria en homenaje a tan emblemática empresa. Semanario La Prensa saluda la iniciativa y adhiere a ella, publicando la historia de «La Industrial S.A.» con dos artículos extraídos del libro “Memorias de Plá”, de Gastón Goicoechea (basado en las memorias del periodista Fidias Plá Muró (en venta en librerías). En esta primera entrega publicamos el artículo «Mis recuerdos de la ‘La Industrial’, escrito por Paula Álvarez, quien se desempeñara durante años como funcionaria administrativa de la empresa.
Tomado del libro «Memorias de Plá” de Gastón Goicoechea (basado en las memorias del periodista Fidias Plá Muró). En venta en librerías.
Mis recuerdos de «La Industrial»
Por Paula Álvarez. Funcionaria administrativa de “La Industrial Francisco Piria SA” 1951-1965
La Industrial “Francisco Piria” fue un gran imperio, surgido del esfuerzo, el trabajo y el capital de un hombre y visionario. Por treinta años prosiguió de la mano de sus sucesores, hasta que la crisis que sacudió a nuestro país también pegó muy duro en ella.
Mis comienzos en ella coincidieron con mi adolescencia, cuando en el verano de 1951, tenía mis jóvenes diecinueve años y entré en la oficina de esta empresa, en la Rambla entre Freire y Trápani, próxima al Hotel Rivadavia. El encargado general era don Lorenzo Piria, que viajaba desde Montevideo todas las semanas de miércoles a viernes para recorrer Piriápolis. Paraba en la residencia de la Rambla, el «Villa Pancho», donde vivía doña Adelina.
Para inspeccionar el establecimiento, lo esperaba don Alfredo Aloia, el administrador de Piriápolis, acompañado con dos caballos, con los cuales recorrían todo lo que la empresa familiar conservaba en pleno funcionamiento: talleres, viñedos, viveros, canteras. Con el agrimensor Nicola hacían lo mismo con los fraccionamientos que iban avanzando.

Piriápolis comenzaba a despertar de su larga siesta después de una paralización total debido a las querellas de familia luego del fallecimiento de don Francisco Piria en diciembre de 1933. La bodega había sido reabierta, y de la mano de Laurini, un italiano que trajo de Europa don Lorenzo, volvieron los viñedos y los olivares. De nuevo podían verse los vinos de Piriápolis y las damajuanas de aceite de «La Industrial» que se vendían a los hoteles. Mirando hacia el puerto, se podían ver los trabajos de construcción del camino del Cerro San Antonio. Ya trazado, don Lorenzo Piiria dejó la orden de plantar cada diez metros de la circunvalación una planta que en las primaveras dejaba una hermosa y colorida vista de blancos, rosados y rojos.
Recuerdo el fraccionamiento y venta del Barrio Bealieu. Casi puedo asegurar que se vendió completo entre 1951 y 1952, fruto de las exitosas temporadas en que atendíamos en la oficina de la Rambla, donde dos empleadas, Nancy Aloia y yo, vendíamos cada jornada casi una decena de terrenos por noche, hora en que los clientes llenaban la pequeña oficina en una Rambla colmada de turistas luego de pasar un hermoso día en la playa.
Por esos años comenzaron los estudios para el fraccionamiento del Parque Gomensoro, un enorme monte de eucaliptos plantados por don Francisco. Su venta no fue al ritmo del Bealieu porque los precios eran superiores, pero igual se vendió muy bien, siempre con el sistema de don Francisco: vender en cuotas a treinta años, con opción a quince si se pagaba doble. También empezó a desarrollarse el balneario San Francisco, plantándose pinos traídos de los viveros de la Central, mientras se fraccionaba lo que antes había sido la Cancha de Golf y el Hipódromo en la época de Piria.
Los años fueron transcurriendo, años de maravillosas temporadas. En 1959 me traslado a las oficinas de «La Industrial» en Montevideo, en Sarandí 500 y Treinta y Tres, continuando con una vida de oficina totalmente distinta, pero igual de feliz donde continué conociendo personas que me dejaron muchas cosas y el orgullo de convivir con ellas, como fue conocer y trabajar con un joven Mario Benedetti, un gran compañero de trabajo. gran escritor que se estaba haciendo famoso por sus escritos inspirados en ese universo oficinesco de libros contables, máquinas de escribir y papel carbónico con olor a café que tanto yo disfruté, pero que siempre él nos decía que no era lo suyo.
Cobrando sus deudas en pesos, sin ajustes de ningún tipo, la crisis del país y la inflación transformaron a «La Industrial» en acreedora de «cuotitas», hasta desaparecer cuando fue vendida al Banco Transatlántico. Fue un momento que todos vivimos con tristeza en la oficina de Sarandí 500, después de tantos años de trabajo haciendo feliz a tantas familias, pero estábamos en un país que ya no era el Uruguay feliz y tranquilo.
Por un tiempo regresé a la oficina de Piriápolis, ya no con la misma alegría de antes, sino con una gran tristeza y resignación, hasta que finalmente renuncié a un trabajo que ya no me daba la satisfacción de antes.
Mayor fue la pena cuando al poco tiempo el Banco Transatlántico quebró, y con él desapareció definitivamente lo que nos quedaba de esta empresa con tanta historia, y con tantos cientos de familias agradecidas de haberles hecho realidad el sueño de la casa propia.-














