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Historia de Piriápolis: Don Lorenzo Piria y La Industrial S.A.

Por La Prensa
octubre 5, 2021

Don Lorenzo Piria y La Industrial S.A. tomado del libro “Memorias de Plá” de Gastón Goicoechea (basado en las memorias del periodista Fidias Plá Muró). Se dice que tener padres se puede volver una pesada carga. Así ha sido de la historia de muchos para lo que el éxito de sus padres se volvió una insoportable etiqueta de la que luego les fue imposible despegarse, aplastados por la mirada y las expectativas de la gente. Me animaría a decir que algo de ello le pudo pasar a los hijos varones de don Francisco Piria. tres hombres que recibieron la mejor educación de la época. Tres hombres que desde su niñez, a la sombra de una figura paternal tan grande, y tan rigurosa con ellos. deben de haber sufrido la angustia de pensar como sostener el imperio que su padre les legaba.

Tomado del libro“Memorias de Plá”. De Gastón Goicoechea (basado en las memorias del
periodista Fidias Plá Muró). En venta en librerías

            Los hermanos Piria eran Francisco (1869), Arturo (1870) y Lorenzo (1872). Huérfanos de madre desde su más tierna infancia, Piria fue un padre severo y exigente con ellos, enviándolos a Europa a cursar estudios superiores en las mejores universidades, siguiendo el mandato paterno de que tenían que titularse en carreras que aportaran a la mejora de la empresa familiar. A medida que retornaron del Viejo Continente, Piria trató de acercarlos al trabajo y a la administración de Piriápolis y de su gran empresa, «La Industrial».   

Los hermanos construyeron sus residencias particulares en el balneario que estaba forjando su padre y que llevaría el apellido de todos ellos. Arturo diseñó y construyó su residencia particular, el actual «Hotel Colón». Aunque le “trajo” al padre el título de Químico, se acercó a la pintura y principalmente a la fotografía, trayendo también de Europa un completo equipo con el que tomó hermosas fotos de la formación de Piriápolis en sus primeros años, las que su padre usó para su frondosa folletería y series de postales -varias de ellas hoy todavía reconocibles con la firma de «Arpi».

            Francisco, “Pancho”, quedó a cargo de la administración de la Bodega. Se instaló en lo que luego se conocería como el Villa Adelina, aristocrático chalet luego demolido, ubicado sobre la Rambla de los Argentinos, hoy un terreno baldío que conserva un añoso ombú. Tras la muerte de Piria en 1933, en un trágico episodio perdió la vida, cuando en medio de un incendio próximo al Cerro Pan de Azúcar, recibió un tiro de Carlos Bonavita, el administrador de Piriápolis, quien arrepentido inmediatamente se suicidó en su habitación del Hotel Piriápolis.

            Lorenzo era el hermano menor. Cuando le faltaba poco para recibirse de Ingeniero en Suiza, muy molesto por las demoras de sus estudios, Piria lo hizo retornar para que lo ayudara en los trabajos que se estaban haciendo en Piriápolis. Vivió muchos de sus primeros años en el chalet Les Mouettes, una elegante residencia construida por el arquitecto de Piria, Alfredo Jones Brown, creador entre otras obras del IAVA en Montevideo. Este chalet, hoy Museo del MAPI, estaba en la proximidad de la actual Avenida de Mayo, a los pies del Cerro San Antonio, hermoso lugar que Lorenzo habitó hasta el fallecimiento de su esposa Cora Dell’ Isolla. Tiempo después don Lorenzo se casó con Dora, la hermana melliza de Cora.

            Después de la muerte del padre y de su hermano «Pancho», Lorenzo asumió la responsabilidad de conservar y multiplicar la obra y el patrimonio familiar. Desde entonces pasó a ser para todos «don Lorenzo».

            Cuando se formó la Comisión de Fomento y Turismo de Piriápolis en 1935, merecidamente don Lorenzo fue elegido como su Presidente Honorario. Amaba a Piriápolis, y aunque se radicó en Montevideo, siempre se quedaba en el balneario por su trabajo.

            Era un hombre muy alto y elegante, que años después, con más de noventa años, todavía se lo podía ver andando a caballo pasando revista a los trabajos de «La Industrial Francisco Piria», nombre con el que los herederos rebautizaron a la empresa de Piria en 1946. Sus oficinas de Piriápolis estuvieron por muchísimos años en la Rambla, próximo, actualmente, a un conocido kiosco, entre Freire y Trapani.

            «La Industrial», luego de resuelta la sucesión por los bienes de Piria, era dueña de casi todo Piriápolis, excepto de las propiedades que se quedó el Estado -como el Argentino Hotel y la ahora Colonia Escolar. Con don Lorenzo como la cara visible de sus dueños, la empresa fue el motor económico de Piriápolis, lo capitalizó y lo pobló  continuando con la obra piriana, extendiendo el balneario en la periferia.

            Como la había hecho su padre en Montevideo, a través de «La Industrial» don Lorenzo fundó barrios enteros en Piriápolis, fraccionado solares y vendiéndolos en cuotas.  

            Empezó con un hermoso entorno de pinos, el barrio Bealieu, al costado del Argentino Hotel, al Oeste de la calle Simón del Pino. Siguió con la urbanización del Parque Gomensoro, una enorme zona de bosques de eucaliptos que se extendía detrás del Argentino Hotel. Luego se pasó al barrio Country, mientras la empresa plantaba pinos en San Francisco y preparaba el fraccionamiento de la antigua Cancha del Golf y del abandonado Hipódromo. 

            Don Lorenzo fue generoso y altruista como su padre, porque era un empresario que no lo movía el afán de lucro, colaborando con muchas donaciones a instituciones de esta ciudad. Su nombre se lo podía ver en las numerosas comisiones “pro algo” que brotaban fecundamente en esa comunidad de hombres progresistas. Incluso integró la Junta Local, colaborando en los logros del balneario cuando se pavimentó la Rambla y otros tramos costeros.

            Fue un caballero en todo sentido, principalmente a la hora de cumplir con su palabra, y con la de su padre. Ese fue el caso de un hermoso gesto que don Lorenzo tuvo con Sabino Fernández Chávez, otro hombre de progreso que trabajó mucho por el Piriápolis después de Piria.

            Sabino fue el primer jefe de Telégrafos y Correos de Piriápolis, cuya oficina estaba al lado de la estación de trenes, donde actualmente está la Subprefectura. Cuentan que el lugar era tan visitado por Francisco Piria que ambos entablaron una amistad. Un día, en agradecimiento por sus servicios, don Francisco le dijo que le iba a donar un terreno. Frente a la negativa de “don Chávez”, como se le decía en el Pueblo, el fundador del balneario le prometió que igual algún día iba a tenerlo.

            La muerte no le permitió a Piria cumplir con su promesa. Luego siguieron los largos y complejos años de la Sucesión por la propiedad de sus bienes, hasta que se creó «La Industrial Francisco Piria” SA.

            Don Lorenzo conocía toda la historia de su padre con don Sabino. Entonces el 13 de enero de 1949 cumplió con la promesa de su padre, cuando «La Industrial» envió una carta a don Sabino que lo sorprendió y emocionó: “Tenemos el agrado de comunicarle que el Directorio de esta Sociedad en sesión del 10 del cte., ha resuelto en mérito a la promesa que le efectuara el fundador de esta Empresa Don Francisco Piria, donarle un solar de terreno que designará el Sr. Lorenzo Piria en esa Localidad en el nuevo Barrio Parque en la falda NO. del Cerro del Toro”.

            Todo un ejemplo ético que demostraba que a don Lorenzo para nada le pesó ser el hijo “de” Piria, sino que por el contrario, encarnó por muchos años el espíritu generoso y progresista de su padre.

Corría el año 1953. Me habían nombrado directivo en el club Tabaré PFC cuando estaba buscando sede. A sabiendas de la fama de filántropo que don Lorenzo se había ganado con los años, pensé que podíamos conseguir algún solar de «La Industrial» en el barrio Country, por lo que pedí una audiencia con él en representación del club.

            Una mañana llegó un telegrama citándome para ese mediodía en su oficina de la Rambla. Fue la única vez que tuve oportunidad de hablar con él. Los esperé unos minutos en la sala de estar hasta que lo vi llegar, desmontándose de su caballo, acompañado como siempre por Alfredo Aloia, administrador de la empresa y representante de don Lorenzo en Piriápolis. 

  Me llamó la atención la vitalidad con la que se bajaba -entonces tenía más de ochenta años. Lo mismo que su vista. Sin entrar a la oficina, desde afuera me había visto y gritó, en un tono amable.

-¿Vos sos el del Tabaré? -no me dio ni tiempo de responder- Tengo hambre. Vamos a lo de Zanuy a comer. Ahí conversamos.

            Salí de la oficina y le di la mano nervioso Había quedado sin palabras al tener frente a mi a un «Piria». Sabía que era una tontería, pero estaba en «blanco», no se me ocurría de qué hablar con él.

  Mediando pocas palabras -las clásicas sobre el estado del tiempo-, fuimos caminando a la vuelta de la oficina, y avanzamos media cuadra por Trápani. Entramos al Hotel “Josecito” -hoy Hotel «Arenas»-, donde don Lorenzo gustaba ir a almorzar.

            «Josecito» era propiedad de José Zanuy, uno de los primeros comerciantes de Piriápolis. En los tiempos de Piria había puesto un bar y almacén de ramos generales, que evolucionó en hotel, y en un restaurant famoso por su buena comida y hospitalidad.            Nos atendió el propio «Josecito», que con sus setenta y pico era el gran animador del lugar, mientras su familia cocinaba la deliciosa cocina casera del lugar. Me causó una mezcla de gracia y ternura ver el abrazo fraterno entre el altísimo don Lorenzo, vestido elegantemente, educado en los mejores colegios y universidades de Europa, y el menudo «Josecito», con sus humildes ropas de trabajo, y con su burro atado afuera del local.  Estar ahí, compartiendo mesa con el rico y culto don Lorenzo, que con total naturalidad charlaba con este anciano inmigrante que progresó poniendo su próspero negocio, comprobé la calidad humana que tenía don Lorenzo.

            Aloia y yo nos mirábamos en tanto don Lorenzo y «Josecito» no paraban de actualizar sus novedades.

-¿Cómo va Perico? -le preguntó en un momento don Lorenzo al dueño del local, mientras comíamos unos deliciosos platos repletos de tallarines caseros.

-Con el carro la va llevando. Está más lento, pero es un noble burro. Se aguanta sin quejas la carga que le ponga -le contestó «Josecito»

  Don Lorenzo entonces me dirigió la mirada.

-¿Sabía que cuando «Perico» rebuzna todo el pueblo sabe que son las once de la mañana? -me dijo don Lorenzo.

-Eso era antes… ¡se está poniendo viejo como usted! -corrigió «Josecito» entre las risas de todos en la mesa, incluyendo la mía, algo nerviosa.

-Y vos dejá de vicharte a las bañistas que vienen de la playa, ya no estás en edad… -replicó con picardía don Lorenzo.

-Los ojos son siempre jóvenes -replicó con una contagiosa sonrisa el carismático «Josecito» mientras se acomodaba plácidamente en el respaldo de la silla. ¡Traigan el postre! -de pronto ordenó.

            Don Lorenzo me recomendó los flanes con dulce de leche que nos ofrecieron. «El dulce de leche de acá no existe en ningún otro lado» me dijo. Los postres llegaron y empezamos a comer. Era muy cierto.

-Lo hace la cuñada de «Josecito» -me explicó Aloia.

-Y tiene el secreto muy guardadito, la muy… ¡Se lo va a llevar a la tumba!.-exclamó «Josecito» entre las carcajadas de todos.

            Empezaba a pasar un buen momento, hasta que me acordé que no había llevado dinero. La angustia de no saber si estaba invitado me invadió. También la de no poder sacar el tema para el que fui..

            Entonces «Josecito» tiró a la mesa el tema. 

-¿Y usted que hace por acá? -me preguntó.

            Aproveché para hacer la larga explicación que tenía preparada. No había terminado, cuando «Josecito» me palmeó la espalda, se puso serio y empezó a recordar sus tiempos con Piria, un tema recurrente en él.

-Mire Plá, yo no sé si van a poder tener sede ahora, pero confíe que don Lorenzo hará todo lo que pueda. Es un hombre de pueblo como su padre -noté como parecía que el anciano Zanuy se emocionaba casi por quebrarse, y continuó- A Piria le debo lo que soy. De España, con mi hermano nos venimos escapando del hambre. Llegamos a Uruguay con una mano atrás y otra adelante. No teníamos nada, hasta que un día conocimos a Piria en un remate. Se ve que le caí en gracia, nos trajo para Piriápolis y empezamos a trabajar para él. Todo estaba por hacerse. Trabajamos para hacer la Rambla, los paseos, y plantamos eucaliptus como locos para detener toda la arena que había acá. Después me dediqué a llevar agua en damajuanas sobre vagonetas por las vías del trencito para el Hotel Piriápolis. La traíamos de la «Fuente del Pato»…

-La Virgen de los Pescadores -aclaró Aloia.

-Si -asintió «Josecito»-. Era para el servicio del “té» de la tarde porque Piria traía mucho turista con la cosa de la bondad de las fuentes de agua de Piriápolis.

-Y si quiere saber del tren, Plá, vaya con Francisco, el hermano de «Josecito». él fue el guarda del trencito.-agregó Aloia-.  

-«Josecito» vivió en el castillo con papá -me explicó don Lorenzo-. Mi padre lo quería mucho.

­- Y yo a él -recordó emocionado «Josecito»-. Le debo todo a ese hombre. A mí me vendió este terreno. Puse mi negocio, el primero de Piriápolis, y prosperamos con mi familia. Como no tenía plata, me dijo que se lo pagara en cuotas, como pudiera. Empecé con un bar y almacén, todo de chapa, le agregué billar y expendio de nafta, me fue bien, entonces hice este hotel. Y aquí estoy ahora. Me hice de abajo, pero sin los Piria no hubiese podido empezar. Y así muchos como yo, son lo que son por «La Industrial»…

            Don Lorenzo se levantó y puso fin a la charla en el restaurante de «Josecito». «Nos vamos en el auto a ver terrenos con el señor Plá Muró», dijo.

            Para mi tranquilidad pagó el almuerzo, a pesar de mi «insistencia» para que no lo hiciera. Nos levantamos todos, y a modo de despedida, «Josecito»  .  

-Alguien dijo una vez -expresó «Josecito», a modo de despedida- que si el mundo es de todos, el que viene al mundo, viene con el derecho de poner los pies, por lo menos, en él. Y tal como está todo, la mayoría nacemos sin tener donde asentar los pies. Así que si hubiesen existido más «Pirias», este sería un mundo mejor y más justo.

            «Josecito» tenía razón. Otorgando solares accesibles vendiéndolos en mensualidades, con plazos a treinta años, «La Industrial» fue una generosa inmobiliaria que abrió el acceso a la propiedad a muchísimas familias obreras. Porque Piria había descubierto que el humilde obrero, artesano o pequeño comerciante, aunque pobre, podía hacerse propietario. Lo único que había que hacer era fraccionar no sólo la propiedad, sino también el precio. Lo hizo convencido de que se puede practicar el capitalismo ganando y a la vez ayudando a los demás;  una especie de socialismo empresario o de capitalismo social del que fue pionero. Cuantos más fueran los que podían comprar a plazos, más serían sus ingresos. Y así todos felices, compradores y vendedor.

            Don Lorenzo aprendió de esa escuela, otorgando oportunidades para que aparecieran muchísimos más «Josecitos», haciendo de Piriápolis un próspero paraíso de clases medias que conseguían, con trabajo y ahorro su solar a treinta años, para hacer realidad el sueño del hogar, y hasta del negocio, propio.

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