Textos de las hermanas Adriana y Patricia Mesiano, para arrimarnos la emoción que pueden generarnos las bicicletas, y la llegada del último ciclista.
Te Necesité y estabas…
Por Adriana Mesiano.
Desde la ventana de mi habitación, veía a mi madre con sus vecinas lavando las veredas, y a los hombres del barrio pintando con cal los troncos de los árboles; mientras respiraba el alcanfor que inundaba con su aroma punzante toda la casa.
Nada de eso funcionó y la poliomielitis se adueñó de mi vida, pretendió paralizarla para siempre.
Se subsiguieron sin pausa un sin fin de curas dolorosas. Entre ellas intervenciones quirúrgicas y terapias motrices que me devolvieron la posibilidad de caminar, pero se robaron mi equilibrio.
Fue entonces que te encontré, amor de mi vida, y me dejé conquistar por tu fuerza y resistencia, tu empuje, tu osadía y la fidelidad que generabas.
Los amigos del barrio eran demasiado jóvenes para entender lo que es la marginación y la soledad; ellos corrían como locos por las calles y las plazas, como cometas al viento, sin importarles de mí.
Sin ti nada era posible, sin tu presencia parental y amiga, sin tu brazo, tu apoyo, tu sostén incondicional, mi vida se hubiera quedado sentada en el umbral de casa. Pero llegaste tú y todo tomó otro color: la libertad se echó a volar entre mis venas, y la luz del sol me acarició en cada primavera.
A mi bicicleta
En ti recorrí senderos, alegre y triste,
eras mis ganas, mis fuerzas, mi destino,
fuiste primero la ilusión, luego la vida.
Historias en bicicleta: «El último ciclista» por Patricia Mesiano
Cuento
El año comienza cuando llega el último ciclista, o sea que somos un país cuyo arranque está ligado a las bicis.
Hace tiempo que deseo seguir ésta competencia, ya no por radio o televisión, ir presenciando cada una de sus etapas. Pertenezco a una familia humilde, donde no falta lo imprescindible, pero no pueden ayudarme económicamente. Muchas veces lo que consideramos un impedimento nos alienta a esforzarnos y acrecentar nuestras
habilidades.
Lo planifiqué todo, bueno casi…; comencé a trabajar los fines de semana despachando de día fruta y verdura en ferias, y de noche repartiendo pizza; me compré la moto que pude, y la fui arreglando de a poco, reemplazando algunas piezas, hasta que la tuve casi lista. Era poco lo que me faltaba, en el correr del año lo lograría, y estaba decidido a concretar uno de mis sueños.
Nunca dejé de estudiar, claro. Estábamos en clase de matemáticas cuando nos interrumpió el Director del Liceo para presentarnos a un nuevo compañero, nos contó que acababa de llegar de Italia. Me ofrecí a mostrarle las instalaciones y, no sabiendo italiano, pretendí hacer gala de mi muy elemental inglés, cosa que él agradeció aunque no necesitaba. Sus padres, exiliados uruguayos en aquel país, le habían enseñado el español y el italiano por igual, de todos modos yo insistía en mi inglés…, hasta que me dijo, en forma muy gentil, que lo disculpara pero él era poco lo que entendía de ese idioma, y me preguntó si no me molestaba seguir las explicaciones en español. Nos reímos mucho, y por un instante, ambos nos miramos a los ojos e hicimos un larguísimo silencio cómplice.
Pasados unos meses invité por primera vez a Franco a mi casa; le mostré la moto y se asombró pues me había visto siempre en bici, y sabía de mi amor por ellas; que compartíamos por cierto. Le conté entonces la historia: que la moto era la que me llevaría a ver la Vuelta Ciclista, a seguirla. Conocía la competencia deportiva, le encantó la idea y me preguntó si podría ir; dijo que sería una hermosa posibilidad para que, a la vez que disfrutábamos de ese espectáculo, él pudiera descubrir un país que comenzaba a ser también suyo. No dudé ni un segundo.
Me ofreció su carpa, y pagar el combustible; todo terminaba de cerrar, ya era mucho más que un proyecto que contaba con una parte de la materia prima, se convirtió en un doble sueño, y no supe qué me iba a hacer más feliz.
Lo presentíamos todo, pero no tuvimos apuro en nada, dejamos que el tiempo transcurriera sin urgencias, sin presiones. Terminamos nuestros estudios medios, ambos decidimos tomarnos el siguiente año para pensar con tranquilidad si seguiríamos o no una carrera, cual y donde. El día llegó y nos fuimos.
Vimos la primera etapa, con una alegría enorme; llegaron las miradas primero y disimuladas caricias luego, que la distancia con nuestra ciudad de residencia hacía que nos permitiéramos.
El año próximo, seguramente, sigamos la Vuelta Ciclista y Franco conocerá Uruguay; en éste la pasión ganó, no podíamos dejar de contarnos cosas, de transmitirnos sufrimientos profundos, de compartir esperanzas, ni de hacer el amor.
Llegó el domingo de pascuas, llegó el último ciclista y comenzó el año; con él una nueva vida para los dos, una vida que decidimos afrontar con valentía, reconociendo públicamente nuestra opción sexual.
Fuimos la cuarta pareja del mismo sexo en casarse en Piriápolis, asistimos al acto protocolar en bicis y pedimos ingresarlas al recinto, luego de festejarlo con nuestros amigos, nos fuimos. Comenzaba otra vez el recorrido y ésta vez yo cumplí mi otro sueño, y Franco conoció nuestro país.









