Homenaje: montevideano enamorado de Piriápolis, le escribe a «Zanja Honda». Recibimos y publicamos…
Estimados editores del semanario La Prensa de Piriápolis:
Soy un montevideano enamorado del entorno natural elegido por don Francisco Piria para engarzar la piedra preciosa nacida de su genialidad creativa, propia de este hombre insólitamente adelantado a su época. No hallé en toda nuestra geografía nacional ningún otro paisaje más favorecido por Natura que los pintorescos cerros que sirven de marco al cuadro que debió imaginar el ilustrado prohombre previo a elegir en dónde erigir su obra cumbre.
Mucho me sigue fascinando el cuadro que en aquel lejano día de mi temprana adolescencia descubrí apenas doblé el codo vial que da comienzo al vecino balneario de Bella Vista.
Impactado. Tanto, que no he descartado, aún, pasar mis últimos años dorados en tan hermosa localidad, para mí la más bella de la República Oriental, sin la menor duda. Piriápolis tiene mucho qué aportar a la industria – siempre en alza- del descanso.
Esos maravillosos cerros están desaprovechados, teniendo tanto potencial recreativo para invertir en ellos… Pero, en fin; no es mi intención ,en estos momentos, desviarme del tema que motiva este contacto. Hace largo tiempo que imaginé un relato-ficción bastante extenso, (destinado a una publicación europea) que versaba sobre una mitológica fundación de don Piria, pero al final entendí que, para circulación intrafronteras, no debía sobrepasar las quinientas palabras.
La zona más occidental de Piriápolis –Zanja Honda– me dio fértil pie para este imaginado y merecido homenaje a mi admirada ciudad. Ojalá La Prensa, como principal órgano difusor de las bondades del pago chico, así como los demás piriapolenses, disfruten de este tan breve como humilde homenaje a la que considero es la Esmeralda del Este.
Reciban mi sincero virtuabrazo. JJGP
Zanja Honda
Releyó lo recién escrito y, satisfecho, cerró el grueso grimorio. Absorto en sus anotaciones, al ilustre alquimista se le había escapado el tiempo y la Luna ya estaba muy alta. Debía apresurarse. Pronto llegarían los citados.
Astuto publicista y avezado rematador, los había convocado -los había invocado- murmurando conjuros o voceando, con estentóreo desenfado, desde una cartelería magistralmente pensada, en la confluencia del Atlántico y Río de la Plata, donde ambos colosos cotejan aguas en la esquina de Zanja Honda, cuyo breve cauce se prodiga en pirita rodada.
-Mano de obra local-incluso bonaerense- no ha de faltarme. ¡Y materia prima asegurada de por vida! -, se dijo, sopesando el potencial de los cerros circundantes.
El previsible faltante -ya lo tenía calculado- lo reclutaría allende el océano. Todo un pacífico ejército de ebanistas, maestros del buril y la gubia, viticultores, maestras, picapedreros, escultores y administradores del Viejo Mundo poblarían su personalísimo Mundo Nuevo, aún en ciernes.
Se frotó las manos. Marchaba sobre rieles(sin metáforas) la venta de solares «en cuotas irrisorias«, pagaderas «con solo dejar, usted, el pernicioso hábito de fumar»
Peones alambradores de ojos rasgados (¿nietos de la encerrona de Salsipuedes o protagonistas de las lanzas de Timoteo?) son los primeros en llegar a la cita.
Se detienen, súbitamente alucinados, en aquel ribazo de la costa.
Escudriñan, recelosos, la nunca imaginada «inmensidá» del mar en calma, espejeada de plenilunio.
Bajo la luz polarizada, un grupo de ágiles negros -sombras que se desprenden de las sombras del monte nativo- (¿choznos de pardos de Elío o biznietos de servidores de Marmarajá?) y se encaminan hacia sus futuros cofrades. Sombra y cobre se funden y amalgaman, acrisolados, en el centro del altozano bañado por luz cenital.
Se les suma un grupo numeroso y heterogéneo: los previstos reclutas provenientes, mayoritariamente, de la empobrecida Europa mediterránea.
¿Los ves? Emergen descalzos en el erial.
Las primeras huellas las estampan sus pies derechos; iniciando silente procesión por la húmeda esquina. Trepan las dunas mudos, desnudos, nervudos, empapados y sin más compañía que el ulular del ñacurutú y el chasquido producido por los sargazos adheridos a sus jóvenes cuerpos.
Sus pies izquierdos, que remolonean por la morriña, aún conservan restos de blancuzcas raíces, casi invisibles bajo las algas que los envuelven como una placenta hecha girones.
El alcor arenoso testifica la transfiguración de los convocados esa noche en una singular figura en que resultan irreconocibles las fisonomías, las etnias, los sexos, las pieles y las cantidades originales.
Sin embargo…- «al apoyar el oído en «el pie de las raíces «, cualquiera puede escuchar aires populares de la tierra de sus ancestros: polkas, muiñeiras, rondas infantiles, sardanas, tarantelas y hasta el son del xilófono africano, o el triste idiófono del infeliz Tacuabé y los aflautados tangos de Villoldo y Saborido» –
¿Cualquiera? Patrañas; no hay tal.
Solo los amantes, los niños y los locos muy cuerdos, descifran los aires olvidados en las entrañas de la escultura de Zanja Honda.









